ARTÍCULOS SOBRE LA HISTORIA DE MANZANARES

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8 de junio de 2023

LOS RUIZ-MOROTE, UNA SAGA DE MAESTROS DE ESCUELA VINCULADOS A MANZANARES

El primer Ruiz-Morote del que tenemos datos fidedignos es Tomás Ruiz-Morote Sánchez-Resollón quien llegó a Manzanares procedente de Daimiel. El 27 de junio de 1808, recién comenzada la sublevación contra los invasores franceses, contrajo matrimonio con Ramona Díaz de Lara Jiménez de la Oliva. (1) A pesar de los difíciles años de guerra y posguerra, el matrimonio tuvo seis hijos. Cinco nacieron en Manzanares (María de Gracia, Teresa de Jesús, Francisco, Rita y Tomás); el sexto, llamado Miguel, vino al mundo circunstancialmente en El Carpio, provincia de Córdoba.

FRANCISCO RUIZ-MOROTE DÍAZ DE LARA
Nació el 5 de diciembre de 1818 en una España asolada por las consecuencias de la guerra de independencia, pero consiguió estudiar y hacerse maestro. (2) En 1846 dirigía la única escuela de enseñanza primaria superior de Manzanares.


Don Francisco Ruiz-Morote

El 10 de mayo de 1845 se casó con la manzanareña Rosa Fernández-Carrión León-Azorí en la basílica de Nuestra Señora Santa María del Prado de Ciudad Real (3)
Por razones del servicio, entre 1853 y 1861 ejerció su labor docente en Torralba de Calatrava. Tuvo diez hijos, de los que le sobrevivieron cinco, la mitad nacieron en Manzanares y la otra mitad en Torralba.
En 1861 pasó a ocupar la plaza de regente de la escuela aneja de la Normal de Ciudad Real, estableciendo su residencia en calle Ballesteros 4. En dicho centro dirigió durante veintinueve años las prácticas de enseñanza de los futuros maestros.
En base a la experiencia acumulada diseñó una avanzada metodología para facilitar a los niños el aprendizaje de la lectura y la escritura, así como eficaces e intuitivos sistemas para estudiar Aritmética y Geografía. En forma de sencillos cuadernos publicó sus métodos y estrategias docentes presentándolos en varias exposiciones nacionales e internacionales, como las de Viena, en 1873, y Barcelona en 1888. (4)


Dada la utilidad de sus innovadores materiales pedagógicos algunos de ellos se declararon de uso oficial en colegios e institutos. Incluso se recomendaba su adquisición desde las páginas del Boletín Oficial de la Provincia, algo verdaderamente insólito.


Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real 6 enero 1873

El matrimonio había perdido cinco hijos en edad infantil, algo habitual durante aquella época, pero el 2 de septiembre de 1872 falleció su hijo Rafael Tomás cuando le faltaban días para cumplir 20 años. (5) Fue una tragedia especialmente dolorosa al tratarse de su hijo mayor en quien tenía puestas muchas esperanzas. Tan terrible desgracia no logró abatir el espíritu inquieto de don Francisco que siguió impartiendo sus clases con la mayor ilusión y publicando cuadernos de ayuda para escolares.
Después de 1873 siguió incansablemente editando nuevos trabajos o lanzando versiones renovadas de los anteriores. Sus obras tuvieron amplia difusión en la Corte y diferentes capitales del territorio nacional. Algunas de ellas, como el Silabario, alcanzaron las 38 ediciones. Uno de los libros que causó más impacto en el mundo académico fue el dedicado a la Ortografía, contribuyendo a fijar la forma correcta de escribir las palabras y signos auxiliares de la lengua castellana.
Su hijo José María era también maestro y ejercía como auxiliar en una escuela de Ciudad Real. Como complemento a sus reducidos sueldos, los Ruiz-Morote abrieron en 1882 una papelería y librería en calle Toledo 3. Desde esa plataforma promocionaban y vendían las obras de don Francisco. La tienda estaba dirigida por José María, aunque la responsabilidad recayó sobre su esposa Casimira Coello desde octubre de 1888 cuando el marido asumió la dirección del periódico La Enseñanza. (6) Aquel negocio, seguido por varias generaciones de herederos, ha perdurado hasta nuestros días y es hoy una de las siete librerías más antiguas de España.
La inmensa labor pedagógica de Francisco Ruiz-Morote fue formalmente reconocida en 1882 al otorgarle el gobierno el título de Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III por sus eminentes servicios en beneficio de la nación. (7) Por Real Orden del Director General de Instrucción Pública, dictada el 23 de mayo de 1882, su cuaderno titulado Escritura Metódica fue aprobado como texto para todas las escuelas de primera enseñanza (8) Asimismo, su famoso Silabario fue declarado de uso oficial en el Instituto General y Técnico de Ciudad Real para aprendizaje y perfeccionamiento de lectura. Otra de sus obras titulada Papel, se utilizó como método de escritura en todos los grados de la enseñanza primaria.
El 11 de mayo de 1885 la familia Ruiz-Morote recibió otro impacto demoledor. Su hija Agustina falleció a causa de una infección de los ganglios linfáticos con 22 años recién cumplidos. (9) A pesar de tan irreparable pérdida don Francisco continuó trabajando, mitigando su dolor con la apasionada tarea de mejorar los métodos de aprendizaje de los futuros maestros.
En 1890 se le trasladó a Castellón de la Plana con la misión de poner en marcha la escuela Normal de la capital mediterránea que, abierta en 1841 en el antiguo convento de Clarisas, había dejado de funcionar seis años después. A sus 72 años, y con la salud muy quebrantada, don Francisco no pudo desarrollar aquel proyecto. Murió el 10 de diciembre de 1891, siendo enterrado en el cementerio de Ciudad Real. (10)
Treinta años después, la Corporación Municipal de Manzanares, su pueblo natal, acordó dar el nombre “Ruiz Morote” a una de las calles de nueva creación abierta en el barrio de Salamanca. Por su parte, el ayuntamiento de Ciudad Real acordó en 1923 dar su nombre a la antigua calle Dorada, en la que se ubicaron las Escuelas Normales de Maestros y Maestras donde desarrolló su labor profesional durante treinta años.

MIGUEL RUIZ-MOROTE DÍAZ DE LARA
Hijo de Tomás y Ramona. Nació circunstancialmente en El Carpio (Córdoba) el 29 de septiembre de 1826. Al igual que su hermano Francisco, Miguel ejerció como maestro en Manzanares, tomando posesión de la escuela de párvulos en octubre de 1876. (11)
Aparece en el Anuario de 1879 como maestro, junto a José Galiana Camarena. Dos únicos enseñantes para una población de 10.270 habitantes.
Estaba casado con la maestra Enriqueta Recuero Sánchez, natural de Argamasilla de Calatrava, catorce años más joven. El matrimonio tuvo tres hijos: Tomás, Consuelo y Benjamín, residiendo la familia en calle Trompas 33.
Ante la falta de locales municipales para destinarlos a escuelas, la familia Ruiz-Morote alquilaba al ayuntamiento ciertas dependencias de la casa donde habitaban a cambio de una módica cantidad anual que venía a complementar sus escasos salarios. La ubicación quedó reflejada en un antiguo plano de Manzanares trazado el año 1885. (12)


Recorte del plano elaborado por el Instituto Geográfico en 1885

Eran tiempos heroicos de maestros vocacionales con escaso prestigio social y bajos sueldos. Además, al corresponder al ayuntamiento el pago de las nóminas, la percepción de emolumentos era bastante irregular ya que dependía del estado de las arcas municipales.
Miguel falleció en Manzanares el 5 de noviembre de 1888 a los 62 años de edad. (13) Su esposa Enriqueta continuó trabajando como profesora y fue vocal de la Asociación de Maestros constituida en el pueblo el 8 de abril de 1906. (14) Murió el 6 de abril de 1910 después de haber dedicado cincuenta y cuatro años a la enseñanza pasando el testigo a dos de sus hijos. (15)
En esta época raramente se hacían exámenes a los alumnos. Cuando algún inspector o alcalde ordenaba hacerlos se pretendía básicamente evaluar al enseñante a través de las capacidades y conocimientos adquiridos por sus alumnos. En diciembre de 1888 se efectuó un examen general en las escuelas públicas. Los discípulos de don Miguel contestaron de forma muy satisfactoria honrando así la memoria de su recientemente fallecido maestro. Los resultados de la prueba fueron recogidos y publicados por el periódico El Eco de Daimiel del 26 de diciembre. Desde sus páginas se hacía el siguiente comentario:


No quedó en peor lugar doña Enriqueta con sus alumnas de la escuela de niñas. A ella dedicaba estas palabras laudatorias:


Tomás Ruiz-Morote Recuero
Hijo de Miguel y Enriqueta. Nació en Manzanares el 13 de enero de 1863. (16) Siguiendo el camino de sus padres ejerció como profesor de Instrucción Pública. En la sesión del 13 de mayo de 1885 la Junta Provincial de Instrucción pública de Ciudad Real acordaba comunicar al alcalde de Manzanares el nombramiento de Tomás como maestro interino. (17)
Contrajo matrimonio con María Noblejas Quevedo el 29 de marzo de 1891. Cuando quedó viudo se casó con su cuñada Josefa Noblejas.
Falleció el 21 de enero de 1909 con solo 46 años (18). Le sobrevivieron tres hijos: Miguel, Alfonso y Tomás Ruiz-Morote Noblejas. Éste último, además de ejercer como maestro, tuvo fábrica de jabón en calle Moraleja 11. No es de extrañar esta doble ocupación, pues muchos docentes se veían obligados a conciliar su magisterio con otros empleos para poder llevar una vida digna.


Anuncio publicado en el Programa de Ferias de 1931

Benjamín Ruiz-Morote Recuero
Hijo de Miguel y Enriqueta. Nació en Manzanares el 7 de septiembre de 1874. Se licenció en Farmacia y tuvo oficina abierta en su pueblo natal.
Falleció siendo soltero el 18 de agosto de 1910 a los 35 años de edad como consecuencia de una cardiopatía congénita que afectó a varios miembros de la familia. (19)

Consuelo Ruiz-Morote Recuero
Hija de Miguel y Enriqueta. Nació en Manzanares el 10 de diciembre de 1868. Con veinte años ya era maestra auxiliar interina de la escuela de párvulos de Manzanares. (20)
Se casó tarde con el valdepeñero Vicente Lorenzo Sánchez. No tuvo descendencia. Falleció en Madrid el 29 de abril de 1950.

Mercedes Ruiz-Morote Coello
Prima segunda de los anteriores. Hija de José María Ruiz-Morote Fernández-Carrión y Casimira Coello Roma. Nació en Ciudad Real el 7 de febrero de 1891. (21) Estuvo algún tiempo de maestra en Manzanares, terminando su carrera en El Provencio (Cuenca) donde falleció el 9 de julio de 1958 a causa de un accidente de tráfico.

NOTAS

1.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de Velaciones nº 12, folio 180.
2.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de Bautismos nº 34, folio 35v.
3.- Archivo Parroquial de la Basílica de Nuestra Señora Santa María del Prado de Ciudad Real. Libro de desposorios nº 18, folio 146.
4.- LACRUZ ALCOCER, Miguel. Las Escuelas Normales de maestros y Maestras de Ciudad Real 1842-1936. Biblioteca de Autores Manchegos. Diputación Provincial de Ciudad Real 2022.
5.- Archivo Parroquial de la parroquia de San Pedro (Ciudad Real). Libro de enterramientos nº 12, folio 186 y 186 vuelto.
6.- Periódico El Eco de Daimiel del 17 de octubre de 1888.
José María Ruiz-Morote Fernández-Carrión contrajo matrimonio con Casimira Coello Roma, quien se hizo cargo de la librería al producirse la muerte del marido el 23 de noviembre de 1887 con solo 30 años.
Uno de sus hijos, Francisco Ruiz-Morote Coello, nacido en Ciudad Real, se hizo médico y destacó como Inspector provincial de Sanidad y director del Instituto de Higiene de Cáceres. Después de efectuar estudios de especialización en la fundación Rockefeller de Estados Unidos aplicó su aprendizaje de medicina preventiva en la capital extremeña. Fundó un sanatorio antituberculoso y practicó la medicina entendida como servicio público. Fue represaliado al terminar la guerra civil.
7.- LACRUZ ALCOCER, Miguel. Las Escuelas Normales de maestros y Maestras de Ciudad Real 1842-1936. Biblioteca de Autores Manchegos. Diputación Provincial de Ciudad Real 2022.
8.- Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del 19 de junio de 1882, página 4.
9.- Archivo Parroquial de la Iglesia de San Pedro de Ciudad Real. Libro de enterramientos nº 13, folio 213.
10.- Registro Civil de Ciudad Real. Libro de Defunciones nº 35, folio 259.
Tumba del cementerio de Ciudad Real. Patio 2º, departamento 1º, fila 4, número 26.
11.- Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del 4 de septiembre de 1876.
12.- El acuerdo seguía vigente en 1892 como puede verse en el Boletín Oficial de la Provincia del 9 de septiembre de dicho año.
13.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de enterramientos nº 21, folio 50v.
14.- Periódico El Magisterio del 4 de diciembre de 1907.
A finales del siglo XIX la plantilla docente de las escuelas públicas de Manzanares estaba formada por: Bernardo Bureba Azofra (escuela de párvulos), Joaquín Córdoba Moratell, Pablo Galiana Abad, Alfonso Saldaña, Teodoro Laguna (auxiliar), Enriqueta Recuero Sánchez, Antonia González, Eusebia González (escuela de niñas) y Nieves Galiana Abad (auxiliar).
15.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de enterramientos nº 24, folio 245.
16.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de Bautismos nº 47, folio 149v.
17.- Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del 8 de julio de 1885.
18.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de enterramientos nº 24, folio 188v.
19.- Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanares. Libro de enterramientos nº 24, folio 257v.
20.- Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del 8 de febrero de 1889.
21.- Archivo Parroquial de la Basílica de Nuestra Señora Santa María del Prado de Ciudad Real. Libro de bautismos nº 35, folio 106.

23 de mayo de 2023

DOCUMENTOS PARA LA HISTORIA DE MANZANARES

SINDICATO DE CRIADORES Y EXPORTADORES DE VINO DE LA MANCHA

Durante el último tercio del siglo XIX Manzanares se había convertido en un destacado centro de producción y comercialización de vino. La existencia de una importante estación de ferrocarril permitía dar salida a las abundantes cosechas camino de la exportación hacia nuestras excolonias americanas y principalmente a Francia cuyos viñedos sufrían el azote de la plaga filoxérica.
El número de bodegas se multiplicó a principios del siglo XX creando un potente sector de gran peso en la economía local.
Los industriales bodegueros sintieron la necesidad de asociarse en defensa de sus intereses comunes y el 3 de abril de 1920 se constituyó el Sindicato de Exportadores de Vinos de Manzanares, cuya sede social estuvo en calle Trompas 33 (actual Reyes Católicos).
Cuando terminada la Gran Guerra Francia recuperó su actividad productiva las autoridades del país vecino endurecieron las condiciones para la entrada de vinos españoles. Las tarifas aduaneras se incrementaron y la legislación promulgada en diciembre de 1929 llegó a impedir la mezcla de nuestros caldos con los franceses. Tales medidas suponían la ruina para las bodegas manchegas que no lograban vender los enormes volúmenes elaborados.
Terminada la dictadura de Primo de Rivera, el gobierno de transición del general Berenguer manifestó su interés por regular la economía y ordenar los mercados. De la Conferencia nacional Vitivinícola celebrada en Madrid en junio de 1930 surgió la idea de organizar y controlar a los exportadores. El Decreto-Ley del 23 de septiembre de ese mismo año establecía como condición para poder exportar al extranjero vinos, licores y demás bebidas alcohólicas la previa inscripción en el registro abierto en la Sección de Comercio del Ministerio de Economía Nacional.
La inscripción podía realizarse de forma individual o colectiva; en este último caso se efectuaba a través de sindicatos agrícolas formalmente reconocidos por la Dirección General de Comercio. Dichas instituciones tenían carácter de corporaciones oficiales y consultivas de la Administración con facultades inspectoras y de representación para entender de cuantos problemas pudieran afectar a sus intereses colectivos.
Los industriales bodegueros de Manzanares no tardaron en organizarse. De acuerdo con otras grandes bodegas de la comarca formaron el Sindicato de Criadores-Exportadores de Vinos de la Mancha, consiguiendo su reconocimiento oficial el 6 de mayo de 1931. (1)
Como presidente fue nombrado José Díaz de Lope Díaz Casero, propietario de la bodega “La Montaña”. La vicepresidencia la ocupó Manuel Puyuelo Domenech, gerente de la firma Larios y Cía. La secretaría estaba en manos de Emilio Morales Díaz-Pinés y como tesorero figuraba Agustín Serrano González. La organización se completaba con dos vocalías; una la ocupaba el representante de la Oleivinícola del Centro de España, empresa ubicada en Daimiel; la otra, un enviado de la bodega valdepeñera de Domingo Ruiz de León Romo.
La Segunda República mantuvo dichas instituciones adaptándolas a la nueva legislación. El Sindicato de Exportadores de Vinos de la Mancha apenas tuvo difusión. En abril de 1936 solo contaba con  siete miembros, en cambio la Asociación de Exportadores local tenía 127 asociados. (2)














NOTAS

1.- Carta enviada por el Sindicato a la firma Hijos de Juan Antonio Peinado, de Tomelloso, invitando  a dicha empresa a formar parte de la organización.
2.-  Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real del 8 de abril de 1936.



21 de mayo de 2023

HISTORIA DE LA CASA MUSEO PLOMHIST

Con motivo del Día Internacional de los museos, el 20 de mayo de 2023 impartí una conferencia en formato power point sobre la antigua casa solariega que alberga el precioso museo Plomhist de figuritas históricas en plomo y sus distintos propietarios a lo largo de los últimos dos siglos. Entre los asistentes al acto se encontraban varios descendientes de la familia Fernández-Pacheco que vivieron con emoción el recuerdo de sus antepasados.
Al término de la charla pudimos disfrutar de una visita guiada acompañados por Rafael García Alcázar, apasionado coleccionista creador del museo.
La velada finalizó con degustación de "Manzagran" y dulces típicos manchegos, gentileza de los actuales dueños del edificio (Rafael García y Marta Muñoz) que se ha convertido ya en centro cultural de obligada visita en Manzanares.




Conferenciando


Asistentes y familiares degustando "Masagran" 

3 de mayo de 2023

EL GRADO DE LOS VINOS

Antonio Bermúdez García-Moreno


Los últimos hallazgos arqueológicos en los yacimientos próximos a Tbilisi, capital de la república de Georgia, desvelan que el vino ya era conocido por el hombre hace unos 8.000 años, en los albores del Neolítico. En esa zona, protegida por la cordillera del Cáucaso, las vides silvestres sobrevivieron al intenso frío producido durante la última glaciación. Bastó con que alguno de nuestros ancestros estrujase uvas en una calabaza o cuenco de madera, y pasados unos días decidiera beber el líquido transformado de forma espontánea. El efecto eufórico debió sorprender positivamente al catador y procuró repetir la experiencia además de comunicar sus sensaciones al clan. Así debió comenzar la historia y la cultura del vino.
Fenicios, egipcios, micénicos y griegos difundieron el cultivo de la vid por sus colonias de la cuenca mediterránea. Los romanos lo extendieron mucho más por su vasto imperio. La elaboración y comercio del vino tuvo un crecimiento exponencial. Se mejoraron las técnicas de estrujado y prensado de las uvas, así como la conservación y transporte en ánforas y envases de madera. Durante milenios se trabajó de forma rutinaria, basándose en la experiencia adquirida, pero sin tener ningún conocimiento de los procesos físico-químicos ni microbiológicos que influían en la transformación del mosto.
Desde que el vino se empezó a comercializar se midió por ánforas, modios, azumbres, arrobas y más tarde litros o hectólitros. El volumen y el paladar del comprador eran los únicos criterios para establecer el pago, aunque ninguno de ellos era demasiado fiable. Los rasgos organolépticos son siempre una cuestión subjetiva y cambiante, mientras que el volumen puede defraudarse fácilmente aguando el producto.
Hacia el siglo IX el médico y alquimista persa Al-Razi aprendió a destilar vino. Obtuvo un líquido inflamable, que se perdía rápidamente por evaporación. Lo designó con la palabra alkuhl que significa espíritu.
En 1796 Johan Tobias Lowitz logró obtener etanol puro. Antoine Laurent de Lavoisier, considerado padre de la Química moderna, consiguió determinar su composición a base de carbono, oxígeno e hidrógeno a principios del siglo XIX. Gracias a los trabajos del químico franco-suizo Nicolas Theodore de Saussure se pudo establecer definitivamente su fórmula en 1808.



Antoine Lavoisier                   Nicolás de Saussure

Miles de años llevaba la humanidad consumiendo mosto fermentado, pero solo en los últimos dos siglos conocemos la molécula que le confiere sus características embriagadoras.
Dado que el etanol era el compuesto más característico del vino, el que alegraba el corazón y conducía a estados de euforia, se estimó que cuanto más alcohol contuviera mayor debería ser su precio. Si los científicos lograban desarrollar un método capaz de medir con precisión el contenido alcohólico se podría disponer de un parámetro objetivo que sirviera de referencia a industriales y comerciantes.
Los primeros intentos de determinar el contenido en alcohol de los vinos se basaron en medir el punto de ebullición. El agua hierve en condiciones normales a 100ºC y el alcohol a 78,3; por consiguiente, la temperatura a la que hierve el vino ha de encontrarse entre esos dos valores y será tanto más baja cuanto mayor sea el contenido en etanol. La teoría era correcta, pero los trabajos que en 1838 llevaron a cabo Conaty y el abad Honoré Brossard-Vidal fracasaron, pues al comenzar a calentar, el alcohol se evaporaba y la lectura del termómetro nunca llegaba a estabilizarse.


Primeros ebullóscopos

Los conocimientos sobre el origen del etanol en el vino se consolidaron en 1857 cuando el químico y bacteriólogo francés Louis Pasteur demostró que procedía de la transformación de los azucares fermentescibles del mosto realizada de forma anaeróbica por unos microorganismos llamados levaduras.


Louis Pasteur Roquí

En 1855 Jules Sallerón (discípulo de Pasteur) fundó cerca de París una empresa especializada en fabricar instrumentos de precisión. Hacia 1861 comenzó el desarrollo del primer ebullómetro. Su línea de trabajo se centró en medir la densidad del vino. Si la densidad del agua es 1g/ml y la del etanol 0,79, la de cualquier vino habría de encontrarse entre esos valores y acercarse más a 0,79 cuanto mayor fuera el contenido alcohólico. Para sus trabajos ya disponía de los instrumentos necesarios, pues en 1824 Jean Marie Gay-Lussac había desarrollado densímetros y alcohómetros basados en el principio de Arquímedes. Estaban formados por un cuerpo de flotación, un lastre y una varilla graduada. Dependiendo de la concentración de etanol en una mezcla hidroalcohólica la densidad varía y el empuje del líquido sobre el instrumento también. Un alcohómetro se sumergirá más en el líquido cuanto mayor sea el contenido de alcohol y se puede leer el resultado en la varilla convenientemente dividida en grados; entendiendo el grado alcohólico como el volumen de etanol absoluto contenido en 100 ml de vino. Al fabricar los instrumentos se calibraban a 15ºC. Si la temperatura de la mezcla analizada era diferente a la de calibración se necesitaba corregir las lecturas con unas tablas apropiadas.
Sallerón comprobó que el método no funcionaba si el alcohómetro se introducía directamente en el vino, pues el contenido en sales, ácidos, taninos, materia colorante y demás compuestos alteraban la lectura. Era preciso destilar los vinos a analizar para separar el alcohol y construir una muestra equivalente libre de sustancias interferentes.
Hacia 1870 presentó sus trabajos y comenzó a comercializar los equipos. Constaban de caldera de vidrio, calentada con lamparilla de alcohol, puente y refrigerante de serpentín. Más tarde la caldera de vidrio se sustituyó por otra de latón para evitar las frecuentes roturas. El vino se medía mediante una pequeña probeta, la misma sobre la que se recogía el destilado.



En aquel tiempo los pequeños alcohómetros utilizados estaban graduados de grado en grado. A pesar de su limitada sensibilidad, en 1882 los ebullómetros Sallerón se adoptaron oficialmente en Francia por los laboratorios de los ministerios de Comercio, Finanzas y Guerra. No tardarían en ser utilizados ampliamente en todas las bodegas y aduanas de Europa.
Por esas mismas fechas Sallerón ya trabajaba en un equipo para análisis del grado de los vinos midiendo su punto de ebullición. En 1880 se incorporó a la empresa Jules Edouard Dujardin (28 años más joven) quien perfeccionó el invento. Tras la muerte de Sallerón en 1897, Dujardin continuó al frente de la compañía potenciando el prestigio internacional de la misma. En reconocimiento a sus trabajos e investigaciones el gobierno francés le otorgó los títulos honoríficos de Caballero de la Legión de Honor y Caballero de la Orden del Mérito Agrícola.


Jules Dujardín comprueba el funcionamiento de sus equipos



Ebullóscopo Dujardín Sallerón            Modelo de doble caldera

Por su parte, el comerciante de vinos Pierre Marie Edouard Malligand recuperó los trabajos de Brossard-Vidal y mejoró el diseño acoplando un refrigerante de reflujo. En 1874 presentó a la Academia de Ciencias de París un modelo alternativo para analizar grado de alcohol, basado en medir el punto de ebullición del vino. Con él obtuvo la medalla de oro en la Exposición Universal de París en 1878 y en Amberes en 1885.
Así pues, durante el último tercio del siglo XIX dos modelos de equipos basados en la medida ebulloscópica coparon el mercado: los de la casa Dujardín-Salleron y los de Edouard Malligand. A principios del siglo XX aparecería en Burdeos un tercer fabricante llamado Francois Barus. Todos estos aparatos constan de una pequeña caldera que se calienta con lamparilla de alcohol, un refrigerante de reflujo, un termómetro de mercurio y una regla que convierte temperatura en grados.



Ebullóscopo de M. Malligand                      Ebullóscopo de Barus

La determinación del grado alcohólico midiendo el punto de ebullición del vino tiene cierta complicación, ya que influye la presión atmosférica del lugar donde se realiza el análisis. La presión está condicionada por la altura geográfica y por el clima. Cuanto más nos elevamos la columna de aire existente sobre nosotros es menor y la presión también. Por otra parte, a mayor temperatura ambiente la densidad del aire es menor, el aire pesa menos con lo cual disminuye la presión atmosférica.
Las sustancias no alcohólicas que contiene el vino alteran ligeramente su punto de ebullición en comparación con una mezcla hidroalcohólica de la misma graduación. No obstante, los errores son asumibles siempre que el vino no supere un contenido de 2 gramos/litro de azúcares.
Para obviar la influencia de la presión se efectúan medidas relativas, midiendo primero la temperatura de ebullición del agua destilada y tomando el dato como referencia para el grado cero. A continuación, se determina la temperatura de ebullición del vino y se convierte en grado alcohólico mediante discos o reglas diseñadas al efecto.



La aparición de nuevas técnicas analíticas, principalmente la espectrometría infrarroja, han desplazado a las tradicionales por su rapidez y ausencia de interferencias. No obstante, el procedimiento de destilación usado por Sallerón, mejorado con el uso de material volumétrico apropiado y alcohómetros que permiten apreciar décimas de grado, continúa siendo considerado el método oficial con el que se deben calibran los modernos instrumentos.
Con motivo de las X Jornadas “Alma de Vino” de Manzanares, el día 21 de abril de 2023 tuve ocasión de realizar en el museo Plomhist una demostración práctica del análisis del grado de los vinos con cuatro antiguos equipos rescatados del olvido y puestos a punto para la ocasión. Una experiencia inolvidable que me transportó en el tiempo hasta aquellos laboratorios de finales del siglo XIX donde los científicos Sallerón y Dujardín daban sus primeros pasos en este campo.



Antiguos equipos para la determinación del grado alcohólico


Demostración práctica de su utilización

Los consumidores actuales demandan vinos de grado no muy elevado, pero con marcadas características organolépticas en cuanto a aromas y sabores que todavía no se cuantifican adecuadamente. No obstante, la tecnología analítica avanza a pasos agigantados y muy pronto el grado alcohólico no será más que uno de los múltiples parámetros que se contemplarán al establecer el precio de los vinos.










27 de enero de 2023

EL VINO Y LA QUÍMICA


El vino es un producto conocido desde tiempos remotos obtenido por transformación espontánea del zumo de las uvas. Los elementales procedimientos de vinificación aplicados desde el Neolítico se extendieron por toda la cuenca mediterránea gracias a la influencia de fenicios, griegos y romanos. Durante siglos la elaboración se realizó siguiendo métodos intuitivos, sin ningún conocimiento de los procesos biológicos o físico-químicos que intervienen en la conversión del mosto en vino; menos aún de las causas que provocan las diferentes enfermedades que afectan a los caldos durante el almacenamiento o el transporte.
Indudablemente en el inmenso imperio romano se hacían buenos vinos que, dado su alto precio, solo estaban al alcance de las élites patricias. El común de los ciudadanos bebía productos de calidad mediocre. Los consumidores de aquel tiempo tampoco eran demasiado exigentes. Para nada importaba que el vino se expendiera turbio, ya que apenas podía percibirse la transparencia al utilizar recipientes de piel, madera, metal o cerámica. El avinagrado y los sabores extraños se disimulaban cuando, según la costumbre, antes de tomarlo se mezclaba con agua mitad por mitad.
Las formas tradicionales de elaboración fueron evolucionando lentamente. Los romanos mejoraron técnicamente sus bodegas con la introducción de prensas de viga. Nos consta que ya utilizaban azufre y yeso, pues sabían
 por experiencia que aquellos productos resultaban beneficiosos al aportar color y estabilidad. (1)

Mosaico de la Casa del Anfiteatro. Mérida. 

En el marco del clima mediterráneo, y en cultivos de secano, las uvas solían presentar un alto grado de maduración. Dada la elevada concentración de azúcares en el mosto eran frecuentes las fermentaciones incompletas. Como consecuencia los vinos obtenidos eran inestables, escasos de acidez y proclives a todo tipo de enfermedades. 
Las altas temperaturas alcanzadas durante la fermentación evaporaban gran parte de los aromas. La mayoría de los vinos no olían más que a alcohol y presentaban cierto efecto laxante por el hábito ancestral de añadir al mosto generosas cantidades de yeso en polvo sin cocer. 
Tratando de garantizar la conservación, los romanos solían dar un hervor al vino antes de guardarlo durante años en ánforas de barro bien tapadas. Sin saberlo hacían una especie de pasterización, aunque perdiendo aromas y productos volátiles. 
Los vinos que habían iniciado el proceso de avinagrado se solían consumir disimulando el mal sabor mediante la adición de cierta cantidad de miel o arrope. 
Al objeto de mitigar la falta de aromas, aquellos antiguos bodegueros agregaban a los caldos todo tipo de hierbas, especias o frutas que algo mejoraban el producto y aportaban color en el caso de los tintos.
Durante la Edad Media poco cambió. Los monasterios cistercienses mejoraron algo las elaboraciones y sistematizaron el envejecimiento en barricas de madera siguiendo viejas costumbres de los galos.

El obispo bendice el barril de vino para que salga bueno. Relieve del tímpano de una de los pórticos de la catedral de Rennes (Francia)

Durante miles de años se estuvo haciendo vino de forma rutinaria aprovechando la espontaneidad de la transformación del mosto, pero sin saber qué estaba pasando ni cómo se podía influir en el proceso.
En la segunda mitad del siglo XIX algunos libros de Enología 
todavía recomendaban a los vinicultores prácticas que hoy nos parecen auténticas herejías. Una de ellas era aguar el mosto si contenía demasiados azúcares a fin de procurar la fermentación completa. Con esta práctica se reducía el extracto seco y quedaban los vinos un tanto insípidos. La solución pasaba por aportar a la mezcla un 10 % de casca sin despalillar al objeto de aportar taninos y materia colorante. Asimismo, los supuestos “expertos” aconsejaban a los elaboradores añadir sal, a razón de un cuarto de kilo por cada diez arrobas de mosto, y yeso crudo en proporción de un kilo para el mismo volumen (lo que equivalía a incorporar 6 g/l de sulfatos expresados en sulfato potásico). Entendían que el yeso y la sal fortalecían los vinos y ayudaban a extraer el color. Los caldos obtenidos siguiendo estas prácticas eran ásperos, peleones y subidos de color.
 

En la elaboración de tintos manchegos se recomendaba tener la uva amontonada en el lagar durante varios días antes de pisarla al objeto de ablandar los hollejos, luego se añadía habitualmente al mosto entre el 20 y el 30% de casca sin despalillar.
Si los vinos blancos no tenían el intenso color que el público demandaba se les ponía azúcar tostada; si estaban pasados se recurría al carbón adsorbente. En el caso de los tintos se llegaron a utilizar colorantes artificiales derivados de la anilina, con el riesgo que ello implicaba para la salud de los consumidores. (2)
Hasta el siglo XX muchos vinos no conseguían superar sin volverse la primavera siguiente a la campaña de elaboración. Eran habituales los caldos con alta acidez volátil, aceptándose contenidos de hasta 2 g/l expresados en ácido acético.
Por fin, en 1857 el insigne investigador francés Louis Pasteur descubrió que la fermentación del mosto era debida a la acción de microorganismos y que enfermedades tan habituales como el avinagrado también estaban causadas por microbios. A partir de ese momento se comenzaron a estudiar los factores que afectaban a levaduras y bacterias, tales como la temperatura o los niveles de acidez, y se pudo actuar en consecuencia. Había nacido la Enología como ciencia.
Del avance en los conocimientos científicos derivó la necesidad de controlar al máximo el proceso de la fermentación como la mejor garantía de elaborar buenos vinos y preservarlos de posibles oxidaciones durante la conservación. Las grandes bodegas comenzaron a utilizar levaduras seleccionadas y se incorporaron de forma habitual a las elaboraciones productos químicos como el dióxido de azufre, el ácido tartárico, el fosfato amónico y los taninos solubles.
El dióxido de azufre o gas sulfuroso garantizaba la desinfección de envases, mantenía un ambiente reductor, ayudaba a extraer la materia colorante de los hollejos y facilitaba el trabajo de las levaduras impidiendo el desarrollo de las bacterias. Se utilizaba en forma de disoluciones acuosas o se sustituía por pirosulfito potásico en polvo (metabisulfito).
La adición de ácido tartárico a mostos de escasa acidez facilitaba el trabajo de las levaduras, daba estabilidad a los vinos y permitía reducir la adición de yeso.
El fosfato amónico aportaba fósforo y nitrógeno, nutrientes básicos para las levaduras, mientras los taninos daban cuerpo al aumentar el extracto seco, aunque aportaban aspereza si no estaban bien dosificados.
Tratando de evitar las fermentaciones secundarias y el avinagrado los bodegueros utilizaron antifermentos como el benzoato potásico y el peligroso nitrotriclorometano o cloropicrina, producto nocivo, altamente irritante e imposible de detectar analíticamente en aquel tiempo.
A mediados del siglo XIX cambió la forma de beber vino. Vasos y copas de vidrio habían sido hasta entonces artículos de lujo reservados a las elegantes mesas de la aristocracia, pero la aparición de máquinas que permitían la producción en serie generalizó su uso y fueron desplazando a las vajillas de barro vidriado propias de las clases populares. Los bebedores comenzaron a apreciar propiedades organolépticas como el color, la transparencia y brillantez de los caldos, de modo que los vinicultores tuvieron que adaptarse y filtrar o clarificar los vinos antes de su comercialización. Con ello se introdujeron en las bodegas las albúminas, las gelatinas, las bentonitas, las 
tierras de diatomeas e incluso el peligroso amianto en polvo. 
Los franceses fueron los primeros en fabricar y comercializar productos químicos para bodegas. Uno de los pioneros fue el químico y enólogo Albert Garnier, con una imponente factoría en la calle Popincourt de París.

Albert Garnier, emprendedor industrial francés.

Desde 1908 la casa “Porras y Saldaña” ya vendía en Manzanares algunos productos de uso enológico en su sección de droguería. También lo hacía la “Droguería Moderna” de Pedro Fernández-Pacheco López-Mateos en calle Empedrada 22. 
La sociedad “Porras y Saldaña” se disolvió en abril de 1915, pero hacia 1920 surgieron otras dos firmas locales respaldadas por empresas francesas. La primera, propiedad de Edouard Picq, contrató como representante a José Roncero Rodríguez. Tenía depósitos y oficinas en Paseo de la Estación 30. (3)

José Roncero Rodríguez


El 29 de octubre de 1921 se constituyó la sociedad “Gijón y Sánchez-Gil” formada por Ramón Gijón González-Elipe y Vicente Sánchez-Gil Sánchez de Lugarnuevo. (3B) Esta firma representaba en España a la Sociedad Anónima DAEAG (D´Ancien Établissements Albert Garnier). La sede social de Manzanares estuvo en calle San Juan 13 y tenían almacén en calle Toledo 36. (4) En 1925 ofrecían un amplio catálogo de productos de uso enológico que incluía ácidos tartárico y cítrico, metabisulfito potásico cristalizado y en disolución, negro animal, fosfato amónico, filtrolina, tanino “Garnier”, antifermentos “Naftol” y “Sterisol”, albúmina de huevo, cola de pescado, azúcar caramelizada, gelatina “Garnier”, sangre en polvo, levadura “Garnier” en pastillas y mecha de azufre sublimado. (5) 
Eran tiempos heroicos en los que las ofertas se realizaban a través del correo postal y las visitas comerciales exigían tediosos desplazamientos en tren o en lentos autobuses de línea.

Ramón Gijón                                                                        Vicente Sánchez-Gil


Anuncio en el programa de Ferias de 1929

En el último tercio del siglo XIX ya se habían desarrollado instrumentos y métodos analíticos que permitían medir con exactitud el grado alcohólico, la densidad, el grado Baumé, la acidez total y volátil, el extracto seco o los contenidos en sulfatos y taninos. En la fabricación y comercialización de equipos para análisis de vinos siempre ocupó una posición preeminente la firma francesa Dujardín-Sallerón. (6)

Jules Dujardín (izquierda) junto a un ayudante verificando sus equipos de análisis del grado de los vinos.

Disponiendo de las herramientas apropiadas, los enólogos pudieron diagnosticar de forma objetiva el estado de mostos o vinos, así como diseñar estrategias de corrección y tratamiento. Pese a todo, Vicente Rodríguez Medina, químico de Larios, denunciaba en julio de 1925 la falta de profesionales en el sector vinícola local por desidia de las autoridades y falta de centros de enseñanza especializados. Se quejaba de que las principales bodegas de la localidad tenían al frente capataces y bodegueros sin los conocimientos adecuados y como consecuencia abundaban los vinos defectuosos de escasa calidad. (7)
Las grandes bodegas de Manzanares pronto contaron con un químico al frente de la dirección técnica y un laboratorio de control dotado con la instrumentación más moderna de la época. En otros casos fueron los propios exportadores quienes decidieron adquirir la formaron necesaria recibiendo cursos en el extranjero. No obstante, la mayoría de bodegas locales carecían de personal y medios adecuados para conocer el estado de sus caldos y sintieron la necesidad de contar con algún laboratorio independiente que diera servicio a pequeños y medianos cosecheros aportando el asesoramiento técnico correspondiente.

Laboratorio de la bodega “La Montaña” donde ejerce como técnico su propietario Domingo Díaz de Lope Díaz González-Calero

PRIMEROS LABORATORIOS ENOLÓGICOS DE MANZANARES

LABORATORIO RUTIS
Advertido por un amigo de la demanda existente en el sector, a mediados de 1923 llegó a Manzanares Ernesto Jacobo Rutís Meier, un joven nacido en Romanshorn (Suiza) que estudió en su país la carrera de Comercio y hablaba con soltura varios idiomas. De forma autodidacta había adquirido bastantes conocimientos de enología y análisis químico durante su trabajo en una bodega de Reus (Tarragona) y se aventuró a abrir un laboratorio en un pueblo que desconocía.
Vino a instalarse en un local ubicado en calle Toledo 12 donde realizaba gratuitamente análisis de vinos para después vender los productos químicos que requerían los tratamientos. Comerciaba con reactivos y material de laboratorio y representaba a varias empresas fabricantes de maquinaria para bodegas: bombas, motores y prensas; entre ellas las famosas prensas continuas de la marca “Pera” que supusieron en aquellos años toda una innovación en el sector vinícola. (8)
Algo debió fallar en las previsiones del Sr. Rutís y el negocio no tuvo la aceptación que esperaba. Tal vez los elaboradores desconfiaron de un forastero que ni siquiera era químico. El caso es que apenas estuvo un año en Manzanares y terminó vendiéndolo todo antes de marcharse a Alcázar de San Juan.

Anuncio publicado en el Anuario del Comercio y de la Industria de 1925
 
LABORATORIO ROFE
El material del laboratorio Rutis lo compró Isidro Fernández, un avispado empresario que, junto con su esposa Isabel, eran propietarios de una de las mejores pastelerías de la localidad. Su intuición para los negocios le llevó a crear en febrero de 1927 la empresa denominada “Laboratorios Químico-Enológicos Rofe”, en sociedad con Manuel Rossique Obradors, perito agrícola especializado en Enología que figuró como director técnico. (9) Tuvieron la sede social y el laboratorio en calle Ancha 12 (actual Jesús del Perdón) y los almacenes en calle Virgen de la Soledad.
 

Isidro Fernández (izquierda) y Manuel Rossique

La colaboración de los socios fue altamente exitosa. Manuel era un experto enólogo con gran iniciativa y capacidad innovadora. Isidro tenía una extraordinaria facilidad para las relaciones comerciales, utilizando hábilmente la publicidad al objeto de difundir los productos y servicios que la empresa ofrecía. Sus actividades abarcaban desde el análisis químico de vinos, tierras, abonos y productos para la agricultura hasta la dirección técnica de elaboraciones, pasando por la venta de material y reactivos de laboratorio y productos químicos de uso en vinicultura. Pero no se limitaron a ejercer de intermediarios, sino que elaboraron sus propias fórmulas magistrales como el Enotanizol, el Ranciovín, el Bonanciol o la Neutracidolina. Entre sus preparados más exitosos estaba el Fermentovín que presentaban como la panacea de la vinificación, garantizando la más alta graduación en los vinos, aumento de la acidez fija y extracto seco, disminución de la acidez volátil, una clarificación y brillantez absolutas y un mejor bouquet.



Los laboratorios ROFE fueron conocidos en toda España y reconocida la capacidad de su director técnico que resolvió problemas seculares que afectaban a comarcas enteras como la sierra de Francia (Salamanca) depreciando el valor de sus caldos.
La empresa marchaba viento en popa; no obstante, el trabajo era agotador: viajes, visitas, tratamientos, análisis, preparación de fórmulas, contabilidad, etc. Para colmo, en 1929 Manuel había aceptado la oferta de dirigir la sección enológica del recién creado laboratorio municipal.
Por decreto del 8 de septiembre de 1932 el gobierno de la II República aprobó el Estatuto del Vino. Por primera vez se regulaba el anárquico sector vinícola en España fijando la naturaleza y nombre de los distintos productos y subproductos. La nueva reglamentación establecía las prácticas y productos químicos permitidos y prohibidos en el ámbito bodeguero. Contemplaba además severas medidas para combatir el fraude.
El punto 11 del artículo 9º especificaba que no podía fabricarse, anunciarse ni comercializarse ningún producto o mezcla para uso enológico que no indicase claramente en su etiqueta la composición cuantitativa. Tal normativa supuso un duro golpe para los laboratorios ROFE. La empresa tuvo que retirar sus rentables fórmulas magistrales o hacer pública la composición y permitir que fueran copiadas por la competencia. (10)


El mismo Estatuto del Vino establecía en su artículo 50 la creación de un Servicio de Represión de Fraudes, dentro del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio, que se ocuparía de la inspección, vigilancia y cumplimiento de todo lo relacionado con la producción, consumo y circulación de vinos, mistelas y demás bebidas alcohólicas.  En la primavera de 1933 se convocaron las primeras oposiciones al Cuerpo de Veedores. Manuel Rossique se presentó y obtuvo plaza como funcionario en la Delegación de Huelva. Aquella decisión implicó la disolución de la sociedad que mantenía con Isidro Fernández y el cierre de la empresa cuando apenas llevaba cinco años de actividad. (11)
Manuel se trasladó más tarde a Sevilla donde desarrolló su labor profesional como funcionario del Ministerio de Agricultura hasta la jubilación. Su trabajo oficial lo compatibilizaba con una intensa actividad privada. Dada su reputada competencia era solicitado por grandes bodegas de Córdoba, Cádiz, Málaga o Huelva cuando precisaban resolver problemas de elaboración o asesoramiento técnico sobre nuevos vinos. (12)
 
LABORATORIO MUNICIPAL
Por iniciativa del alcalde Enrique Ochoa de Quesada, a finales de 1927 quedó aprobado el arbitrio sobre reconocimiento sanitario de los vinos procedentes de pueblos comarcanos que las grandes bodegas importaban para venderlos después como elaborados en Manzanares. Se trataba de una medida proteccionista que pretendía dar salida preferente a los caldos obtenidos por cosecheros locales y se esgrimía como argumento la conveniencia de proteger el buen nombre de los vinos de la localidad controlando la calidad de los que llegaban desde fuera. Para ello, toda partida introducida en el pueblo por comerciantes o exportadores debía someterse a una serie de análisis y abonar una tasa de 1,50 pesetas por hectólitro en concepto de derechos de reconocimiento. Las condiciones exigidas para su aceptación eran: (13)
1.- El grado alcohólico no podía ser inferior a 12,5
2.- El extracto seco de blancos elaborados sin casca debía ser superior a 15 g/l y si se añadía casca 17 g/l. En los tintos no podía bajar de 19.
3.- En cuanto a su acidez volátil no debían rebasar los 0,83 g/l expresados en ácido sulfúrico.
4.- La acidez total debía estar por encima de los 2 g/l expresados en sulfúrico.
Si los caldos no superaban el control analítico se desnaturalizaban y se destinaban a la destilación. Los vinos de procedencia local destinados a consumo directo también debían responder a las mismas especificaciones.
  
Enrique Ochoa de Quesada

A fin de poder aplicar la normativa y llevar a cabo los análisis de los vinos fue necesario instalar un laboratorio de carácter municipal dotado de los medios apropiados. Se ubicó en la parte trasera del nuevo edificio dedicado a Casa Consistorial y en septiembre de 1928 ya se había completado la instalación. Parte del material se adquirió de segunda mano a Isidro Fernández Muñoz y se completó con instrumental comprado en Madrid a una casa especializada. (14)
El laboratorio municipal constaba de tres secciones. La primera, dedicada a efectuar análisis clínicos, daba servicio a la Casa de Socorro abierta en los bajos del edificio.  Además de análisis de sangre, orina y otros fluidos orgánicos se dedicaba a preparar vacunas.
Otra sección se dedicaba al control de calidad de alimentos y bebidas: agua, leche, aceite, carnes, etc. Y la tercera era la dedicada al análisis de vinos.
En enero de 1929 se nombró como director del laboratorio y jefe de la sección de análisis clínicos al doctor Matías Camacho Ruiz-Escribano. El veterinario Miguel Herreros Marchán fue el encargado de los análisis bromatológicos. Para atender el servicio de reconocimiento de vinos se contrató al enólogo Manuel Rossique Obradors. (15)
 
LABORATORIO DE DON CARLOS MÉNDEZ
En los primeros meses de 1936 abrió sus puertas en calle Pérez Galdós 8 el laboratorio enológico de don Carlos Méndez León, Matemático y Químico natural del Viso del Alcor (Sevilla), que llegó a Manzanares como profesor de Física y Química en el instituto de Enseñanza Secundaria. Su tiempo de funcionamiento fue muy corto ya que debió cerrar al comenzar la guerra civil. (16)

Anuncio publicado en la revista Rumbos nº 2 del 18 de julio 1936
 
Don Carlos se trasladó desde Baracaldo a Manzanares antes de comenzar el curso 1935/36. Fue un destacado científico e inventor que pasó casi toda la guerra civil en el pueblo. Durante su estancia trabajó en el desarrollo de varios equipos tecnológicos, entre ellos una máquina traductora del idioma alemán al castellano.
Junto a su esposa, Blanca Cuesta Vélez-Bracho, residió en una vivienda alquilada en calle Pérez Galdós.
 

Carlos Méndez León



NOTAS
1.- Columela, en su libro De Re Rustica, tratado de Agricultura escrito en el siglo I, ya informa del uso del yeso en las elaboraciones.
2.- LÓPEZ CAMUÑAS, José. La Perla Vinícola. 1876.
3.- Edouard Picq había trabajado como agente comercial para Albert Garnier, Hacia 1910 decidió independizarse e hizo la competencia a su anterior empresa.
3B.- Protocolo notarial de don Francisco Mansilla Mansilla. Nota 433. Carpeta 125548. Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real.
4.- Ramón Gijón González-Elipe nació el 6 de febrero de 1889. Hijo de Simón y María. Contrajo matrimonio con Manuela Maeso Ramos. Tuvo tres hijos: Ramón, María y Mercedes.
Vicente Sánchez-Gil Sánchez de Lugarnuevo nació el 15 de diciembre de 1897. Era hijo de Tomás y Vicenta. Contrajo matrimonio en 1924 con Catalina Serrano Mascaraque. Tuvo tres hijos: Tomás, Vicenta y Juana.
Ramón y Vicente trabajaban como oficinistas en la casa de Banca de José Díaz de Lope Díaz Casero. Durante la visita comercial de un ejecutivo de la fábrica Albert Garnier a la bodega “La Montaña” recibieron la propuesta para hacerse cargo de la representación de la firma en España, reto que aceptaron al contar con el total respaldo económico de la casa matriz que pretendía contrarrestar la influencia comercial de Edouard Picq.
La sociedad prolongó sus actividades hasta finales de los años 90 del pasado siglo gestionada por Ramón Gijón Maeso, licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada, y Tomás Sánchez-Gil Serrano.
5.- El único producto para bodegas que se elaboraba en Manzanares eran las mechas de azufre. Hacia finales del siglo XX las fabricaban Francisco Maeso Taravilla y Francisco González-Calero Carrascosa. Más tarde se incorporaron también Federico Ripoll Viñolo y José María Rodríguez Medina.
6.- El investigador e inventor francés Jules Sallerón, discípulo de Pasteur, creó hacia 1850 en París una fábrica de instrumentos de precisión, desarrollando varios equipos destinados a analizar el grado del vino, acidez volátil, etc. En 1880 se incorporó a la empresa Jules Edouard Dujardín quien trabajó con Sallerón hasta su muerte en 1897. Dujardín continuó con la empresa perfeccionando los equipos y extendiendo su comercialización bajo la marca Dujardín-Sallerón.
7.- Documento suelto del Archivo Municipal fechado el 20 de julio de 1925 y firmado por Vicente Rodríguez.
8.- Periódico El Pueblo Manchego del 25 de mayo de 1925. Ciudad Real.
El 6 de noviembre de 1923 formó la sociedad anónima "Rossique&Rutis" junto con Manuel Rossique Obradors para comercializar maquinaria industrial. Protocolo notarial de Francisco Mansilla. Nota 496 del 6 de noviembre de 1923. Carpeta 125549 del Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real.
9.- Isidro Fernández Muñoz nació en Manzanares el 14 de abril de 1892. Sus padres fueron José Fernández, natural de Guillón (Asturias) y Josefa Muñoz Cortés. Se casó con Isabel Lampaya Estella, natural de Zaragoza, con quien tuvo dos hijos Ruperto y José.
Manuel Rossique Obradors nació en Manzanares el 17 de octubre de 1898. Era hijo de Francisco Rossique Andulla y de Antonia Obradors Abril, ambos naturales de Cartagena. Y sobrino nieto de Francisco González-Elipe Guisasola, hijo del senador Francisco González-Elipe Camacho. Contrajo matrimonio en Murcia el 19 de enero de 1925 con Elisa Albaladejo García-Berenguer. No tuvo descendencia. Falleció en la residencia de Lora del Río (Sevilla) el 15 de mayo de 1979.
10.- Gaceta de Madrid nº 257 del 13 de septiembre de 1932.
11.- Revista quincenal El Progreso Agrícola del 31 de mayo de 1933.
12.- Resulta sorprendente que Manuel Rossique, perteneciendo a una de las familias de la alta burguesía, se afiliara al Partido Socialista. Y no fue un militante cualquiera, sino que representó a la Agrupación de Manzanares en el Congreso Extraordinario del PSOE celebrado en Madrid en julio de 1931, donde se definió la postura del partido respecto al nuevo régimen republicano, y en el XIII Congreso celebrado también en Madrid en octubre de 1932.
13.- Ordenanza municipal nº 1 incluida en el presupuesto municipal de 1928 publicado como folleto en la imprenta de Antonio Rodríguez Medina. AMM.
14.- Manuel Rossique fue delegado por el alcalde para comprobar el buen funcionamiento de los equipos comprados a Isidro Fernández y fue el encargado de adquirir otros en la casa “Industrias Sanitarias” de Madrid. Libro de Actas nº 27. Sesión del 28 de diciembre de 1927. Archivo Municipal de Manzanares.
15.- BERMÚDEZ GARCÍA-MORENO, Antonio. Manzanares bajo el reinado de Alfonso XIII (1902-1931). Versión digital, páginas 400 y 401.
 https://publicacionesantoniobermudez.blogspot.com/
16.- Una máquina expendedora de aceite, creación suya, se fabricó en empresas locales (fundición de Rafael Merina y talleres Craviotto, instalándose en la tienda de comestibles de Melchor Díaz-Pinés.