ARTÍCULOS HISTÓRICOS

7 de mayo de 2014

LA HISTORIA DE LA MONJA LLAGADA Y SU VINCULACIÓN CON MANZANARES

  La vida y “milagros” de la monja conocida como Sor Patrocinio, coinciden con uno de los periodos más oscuros de la historia de España. A la muerte de Fernando VII, su alegre viuda, María Cristina de Borbón (1), se vio obligada a apoyarse en los liberales, perseguidos hasta entonces sin piedad por su difunto esposo, para sostener en el trono a su hija Isabel frente a las aspiraciones de su cuñado. Carlos de Borbón, por considerarse con mayores derechos dinásticos, pretendía arrebatar el trono a su sobrina y con ese objeto promovió una terrible guerra en la que contaba con el apoyo incondicional de los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica.
María Josefa Dolores de Quiroga y Capopardo nació el día 27 de abril de 1811 en la alquería llamada Venta del Pinar, cercana a la villa de San Clemente provincia de Cuenca. Tuvo por padres a don Diego de Quiroga Valcárcel, administrador de rentas reales en Chinchilla, y a doña Dolores Capopardo del Castillo. (2) Tratando de evitar que los fondos públicos custodiados por el padre cayeran en manos de los franceses, el matrimonio se trasladó a la casa solariega que doña Dolores tenía en la villa conquense.
Finalizada la guerra de independencia, don Diego recuperó su puesto como funcionario real y regresaron todos a Chinchilla. A pesar del oscuro horizonte político que atravesaba el país, durante unos años vivieron felices, colmando su dicha con el nacimiento de otros dos hijos. No podían imaginar que la desgracia se cebaría con la familia de forma tan cruel como injusta. En efecto, al iniciarse la década ominosa, el padre sufrió, como tantos otros patriotas, las consecuencias de su posicionamiento en favor de la causa constitucional. Perseguido con saña por el régimen absolutista perdió el empleo, sus bienes fueron confiscados y se le sometió a la más humillante marginación social. Según palabras de su esposa, Don Diego falleció en 1825 víctima de las más negras persecuciones por sus ideas liberales.  (3) La viuda y sus cinco hijos, tres varones y dos mujeres, quedaron entonces abandonados a su suerte. La agobiante penuria económica aconsejó un traslado a Madrid, buscando el amparo de otros miembros de la familia. Pronto se hizo necesario buscar acomodo a los dos hijos mayores, procurándoles un porvenir acorde con su hidalguía y antigua posición social. La mejor solución en estos casos era ingresar en el ejército. En efecto, los dos hermanos mayores se incorporaron a la milicia y ambos murieron heroicamente en combate contra los carlistas defendiendo las mismas ideas liberales que profesara su padre.  En cuanto a Lolita, la hija mayor, por consejo de su abuela y tía, ingresó como sirvienta particular de la marquesa de Santa Coloma que residía en el convento de las Comendadoras de Santiago. La madre desaprobó tal decisión y se resistió cuanto pudo, pero no estaba en condiciones de imponer su voluntad. A partir de aquel momento la niña se desarrolló en un ambiente de furor absolutista donde se respiraba un auténtico horror al “infernal liberalismo”; un odio visceral a los considerados enemigos del trono y de la fe. La influencia de su director espiritual, un capellán de las Salesas, llamado Joaquín Martín Serrano, consiguió apartarla de su madre y trastornó la frágil voluntad de aquella niña haciéndola caer en una especie de fiebre mística  que desembocaría  en  un  ferviente  deseo de convertirse en monja. (4)
Amadrinada por la duquesa de Benavente, a los quince años ingresaba Dolores como educanda en el Convento de Jesús, María y José del Caballero de Gracia, perteneciente a la Orden de la Inmaculada Concepción. La comunidad que en él residía tenía claras simpatías por don Carlos y era frecuentado por absolutistas y frailes adictos a la facción. En aquel ambiente, radicalmente opuesto a las ideas de sus padres y hermanos, tomaba los votos perpetuos el 20 de enero de 1830 con el nombre de Sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio. 

Sor Patrocinio
A los pocos meses las religiosas del convento comenzaron a extender por Madrid el rumor de presuntos sucesos extraordinarios que tenían como protagonista a la joven Sor Patrocinio. Se propagó la fábula de que la monja había sido arrebatada por Lucifer de los claustros del convento, haciéndola sobrevolar los cielos de la corte desde Aranjuez al puerto de Guadarrama. Luego se divulgó que la joven religiosa, a la que ya se anunciaba abiertamente como santa, permanecía largo tiempo en éxtasis y que se le habían abierto en manos y pies, costado izquierdo, e incluso en la frente, estigmas de carácter sobrenatural a imitación de las heridas inferidas a Jesucristo en su calvario. Como estaba previsto, aquellas noticias, y la exhibición controlada de las llagas, atrajeron hacia el convento la atención de las gentes, multiplicándose las limosnas y otros sustanciosos donativos. Algunas beatas pretendieron incluso conseguir vendas y guantes ensangrentados considerándolas reliquias de aquella santa a quien ya se atribuían hasta milagros.
Doña Dolores Capopardo decidió intervenir para librar a su hija de los excesos que estaban ocurriendo en el convento. En una de las biografías sobre la famosa monja se indica que la madre de Patrocinio lloraba amargamente por lo mucho que, según ella, hacían sufrir a su hija con los experimentos de las llagas artificiales. (5) Fracasadas sus intervenciones ante la abadesa y el vicario, Doña Dolores decidió denunciar los hechos a la policía manifestando que tales maniobras aplicadas a su hija pretendían únicamente sacar dinero y ayudar a la causa del Pretendiente.
Por aquel tiempo las circunstancias políticas habían cambiado radicalmente. El gobierno liberal-progresista presidido por D. Juan Álvarez Mendizábal tomó muy en serio la denuncia de la desconsolada madre e impulsó una investigación judicial sobre el extraño caso de la monja llagada, decidido a cortar de raíz aquella oleada de superchería que podía favorecer la causa del Pretendiente. 
Por Real Orden de 6 de noviembre de 1836 se ordenó a don Modesto Cortazar, juez de primera instancia de la capital, la apertura de diligencias informativas sobre el particular, ya que el asunto era considerado por el gobierno como una impostura artificiosa y fanática, y una tentativa para subvertir el Estado y favorecer la causa del príncipe rebelde. En la misma orden se recomendaba tratar a Sor Patrocinio con la máxima consideración al entender que la joven religiosa había sido manipulada y utilizada por otras personas de su comunidad que abusaron de su inocencia, en especial la madre priora y el propio vicario.
Tratando de averiguar la verdad, el juez tomó declaración a su primer director espiritual, y a todas las monjas del convento, sin obtener ningún resultado positivo. Para efectuar un reconocimiento médico exhaustivo, libre de influencias perniciosas, se intentó trasladar a la religiosa a un hospital; extremo al que se negó la abadesa pretextando que no lo permitía el voto de clausura. En vista de ello se trasladó a Sor patrocinio a la enfermería del convento bajo los cuidados de su madre y hermana, aislándola del resto de las religiosas. Asimismo se nombró a los doctores D. Mateo Seoane, D. Diego de Argumosa y D. Maximiliano González para reconocer las heridas, procurar su curación y emitir un informe científico colegiado.
No pareciendo suficientes al gobierno tales cautelas, el 8 de noviembre se emitió otra Real Orden determinando se sacase a Sor Patrocinio del convento, y se la colocase en casa de su madre u otra honesta y decente, facilitándole el mejor tratamiento y alguna distracción y recreo para librarla de su ilusión, con los socorros a propósito para restablecer su salud, con intervención de un eclesiástico ilustrado y prudente que la inspirase respeto y confianza. Así pues se le trasladó a casa de doña Manuela Peironet, en calle Almudena 119, en compañía de su madre y de su hermana menor, Ramona Quiroga.
Los médicos y cirujanos mencionados efectuaron una inspección rigurosa de las famosas llagas, atribuyendo las úlceras a la aplicación de alguna sustancia cáustica, estimando aquellas heridas como fácilmente curables en el plazo aproximado de un mes. A continuación procedieron a su tratamiento, emitiendo un amplio informe de su intervención. (6)
La superiora exigió la devolución de Sor Patrocinio al convento y la incorporación al tratamiento de los médicos que la comunidad señalase, extremos que fueron denegados por las autoridades.
Bajo una vigilancia adecuada, los remedios aplicados por los doctores no tardaron en hacer su efecto. El 17 de diciembre todas las heridas y llagas estaban curadas. La farsa se había descubierto. El 7 de febrero se tomó nueva declaración a Sor Patrocinio, quien, tras manifestar que se hallaba arrepentida, se acogió a la clemencia de su majestad la reina gobernadora. Confesó que un religioso capuchino del Prado, el padre Alcaraz, se entrevistó con ella en el locutorio y la exhortó a hacer penitencia. Sacó de la capilla una bolsita, donde según le dijo conservaba una reliquia que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga que debía mantenerse abierta para seguir padeciendo y teniendo tal mortificación, ofreciendo a Dios los dolores como penitencia de las culpas cometidas y que pudiera cometer, y alcanzaría el perdón de ellas; sobre esto la hizo un terrible encargo, mandándola aplicase a las palmas de las manos y al dorso de ellas, a las plantas y parte superior de los pies, en el costado izquierdo, y alrededor de la cabeza en forma de corona, encargándola muy estrechamente bajo de obediencia y las más terribles penas en el otro mundo, que no manifestase a nadie de qué la habían provenido, y que si la preguntaban debía decir que sobrenaturalmente se había hallado en ellas. 
Estaba claro que, más o menos atemorizada por las amenazas del capuchino, Sor Patrocinio se había prestado al juego de la simulación, logrando engañar a algunas de sus hermanas, a muchas personas piadosas e incluso al doctor don Manuel Bonafox, que al no lograr la curación de aquellas llagas llegó a creer en su naturaleza sobrenatural. No podía imaginar que al quedar sola la monja en su celda volvía a aplicarse la materia cáustica que las provocaba anulando los tratamientos del facultativo. (7)

Clematis Vitalba

Ante la evidencia y la confesión de la inculpada, el abogado defensor, licenciado don Juan Manuel González Acevedo, reconoció que la burda patraña urdida estaba dirigida a engañar la piadosa credulidad de algunos fieles, más celosos y exaltados que prudentes, y que a la sombra de la religión se quería tal vez medrar y asegurar un manantial de riquezas y comodidades. Para exculpar a su cliente basó su argumentación en el terrible voto de obediencia, que no admite excepciones ni excusas de ninguna clase, viéndose obligada a seguir ciegamente cuanto le aconsejaba su director espiritual si quería conseguir la salvación eterna.
La sentencia, dada el 25 de noviembre de 1836 por don Juan García Becerra, magistrado honorario de la Audiencia Territorial de Madrid, consideraba que Sor Patrocino se prestó a la impostura y artificio de la impresión de las llagas que ha sufrido, cuyo origen natural se ha intentado atribuir a milagro del Altísimo, no debiéndola servir de total excusa la seducción y hasta violencia moral a que atribuye su consentimiento. Como resultado del proceso, y en atención a los sufrimientos que voluntaria o involuntariamente había padecido, la única pena para Sor Patrocinio fue el destierro a otro convento lejos de Madrid. Asimismo la priora y vicaria del convento de San José fueron trasladadas a otros conventos fuera de la corte con prohibición de volver a ejercer cargo alguno. Al confesor de la comunidad, fray Andrés Rivas, se le privó también de volver a serlo. En cuanto al padre Fermín Alcaraz se dieron instrucciones para su busca y captura, si bien resultaron infructuosas por haber huido a Roma. Se le siguió proceso en rebeldía.


FUENTES
1.- A los dos meses de quedar viuda ya tenía como amante a Fernando Muñoz, joven capitán de su guardia, del que pronto se quedó embarazada. Más tarde celebraría en secreto matrimonio morganático.
2.- Don Diego de Quiroga Valcárcel era un hidalgo natural de San Vicente de Deade, provincia de Lugo. Hijo de D. Diego Quiroga Losada, regidor de la villa de Noya por el partido noble, y de doña Catalina Valcárcel.
3.- JARNÉS, Benjamín: Sor Patrocinio, la monja de las llagas. Colección Austral de Espasa Calpe. Madrid 1971.
4.- GONZÁLEZ, Arturo y DIÉGUEZ, Miguel. Sor Patrocinio. Editora Nacional. Madrid. 1981.
5.- GONZÁLEZ, Arturo y DIÉGUEZ, Miguel. Sor Patrocinio. Editora Nacional. Madrid. 1981.
6.- Causa formada contra Doña María de los Dolores Quiroga, o sea Sor María Rafaela del Patrocinio, para averiguar el origen y procedencia de las llagas. Publicada en 1837 por la Imprenta de la Compañía Tipográfica. Calle Diego de León. Madrid.
7.- Según las informaciones recogidas por Benito Pérez Galdós a Domiciana, una monja exclaustrada del convento, las llagas se provocaban aplicando un preparado a base de hierba pordiosera (Clematis vitalba), planta ranunculácea cuyas hojas frescas tienen sobre la piel un efecto rubefaciente y vesicante aprovechado por los mendigos de la Edad Media para mancillarse el cuerpo hasta provocarse llagas con el objeto de lograr la conmiseración de los fieles a la puerta de las iglesias.

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