PERIPECIAS DE UN SOLDADO CATALÁN EN MANZANARES
Año 1937-1938
Hace unos meses, el señor Baldiri Ferrer Bech, natural de Palafruguell (Gerona), contactó conmigo como estudioso de la historia de Manzanares. Trataba de investigar las andanzas de su padre por las distintas zonas de país donde los avatares de la guerra civil le condujeron después de ser movilizado.
Josep Ferrer, que así se llamaba su progenitor, se incorporó al Ejército Popular de la República cuando fue movilizada su quinta y se le destinó al XX Cuerpo de Ejército, o Ejército de Maniobra, que se estaba formando en la provincia de Ciudad Real, con las divisiones 66, 67 y 68.
La 66 División tuvo su cuartel general en Manzanares. Lo integraban tres Brigadas Mixtas; la 212 que se organizó en el mismo Manzanares, la 213 en Membrilla y la 214 en La Solana. Josep quedó encuadrado en la 212. (1)
El estudio de Baldiri, aún inédito, será de gran utilidad a los especialistas estudiosos del EPR ya que podrán conocer en detalle los movimientos y acciones bélicas de la 212 Brigada.
Por su innegable interés para la historia local, he querido publicar en mi blog la parte del trabajo relacionada con Manzanares para lo que he sido autorizado por el autor. Mi labor ha consistido en traducir el texto del catalán al castellano e introducir algunos retoques al objeto de contextualizarlo y mejorar su comprensión.
Agradezco la generosidad de Baldiri Ferrer al permitirme sacar a la luz, anticipadamente, una parte de su investigación.
HISTORIA MILITAR DE JOSEP FERRER LLOBERAS
Baldiri Ferrer
PRESENTACIÓN Y ACLARACIONES
Este escrito es una recopilación de los días de guerra de mi padre Josep Ferrer Lloberas que van desde octubre de 1937, fecha de la incorporación a filas, hasta el final de la guerra en abril de 1939 y su regreso a Palafrugell, que calculo sería a finales de la primavera de este último año.
Ante todo, debo decir que mi padre fue a la guerra obligado, cuando su quinta fue llamada a filas en el año 37. Que nadie espere encontrar en estas líneas ideales inflamados o cualquier rastro de heroicidad. El objetivo del padre era simplemente intentar sortear la muerte y volver vivo a Palafrugell a toda costa. Mi más ni menos, como tantos otros miles de soldados.
He utilizado tres fuentes de información directa.
1.- Recuerdos de mi padre grabados en casetes en varias sesiones en la primavera del año 2000.
2.- Las 54 cartas del padre enviadas a la familia desde el frente, que se han salvado milagrosamente. Hago constar que en las cartas se refiere a su madrastra como tía, algo que se ve era habitual en aquella época. Tanto él como Pedro, su hermano mayor, eran hijos de María LLoberas Garreta, segunda mujer del abuelo Baldiri. Los otros cuatro hermanos y hermanas eran de la tercera mujer, Montserrat Roselló. La mayoría de las cartas están escritas en catalán. Tres o cuatro lo son en castellano. ¿Por qué?, no lo sé. A causa de la censura, en la mayoría no consta el lugar desde donde están escritas, sobre todo las del frente por razones obvias de evitar su localización. La ubicación siempre es muy genérica, como frente de Levante, o frente del Sudeste. Tampoco habla nunca del estado de ánimo de la tropa ni de operaciones militares o detalles estratégicos. Son cartas puramente familiares.
HISTORIA DEL SOLDADO Y DE LA BRIGADA MIXTA 212
OCTUBRE 1937. EL VIAJE A MANZANARES.
En verano de 1937 mi padre, Josep Ferrer Lloberas, fue llamado a filas. Tenía veinte años. Nunca había viajado más allá de Barcelona.
Debía incorporarse a Girona a primeros de octubre y unos días antes pasó por el piso de la tía Conxita y del tío Pepet; justo en el mismo piso donde habían tenido escondido las primeras semanas de la guerra al tío Pere, sacerdote hermano de Conxita y tío de mi padre. El cura fue detenido por miembros del comité revolucionario de Mont-ras en agosto del 36. Sin juicio alguno lo trasladaron al cementerio de Torroella donde fue torturado y asesinado. La historia del sacerdote y su asesinato fue un hecho que planeó sobre la familia Ferrer durante toda la guerra, y de rebote influyó en algunas peripecias de mi padre mientras fue soldado.
El viernes 6 de octubre del 37 los reclutas salieron en tren de la estación de Girona, sin saber a ciencia cierta hacia dónde iban. Rumores había muchos, pero nada cierto. Decían que iban a un campamento para hacer la instrucción. La desinformación fue la pauta dominante en toda la guerra.
CARTA
Fechada el 11 de octubre de 1937, explica el viaje en tren desde Girona a Manzanares.
El viernes (día 8) salimos de Girona a las 6 y pasamos por Barcelona, Vilanova, Tarragona, Castello, Valencia y Játiva. Aquí paramos el sábado a medio día a comer y continuamos el viaje pasando por Albacete hasta llegar al pueblo que estamos ahora. Llegamos bien de salud y nos han puesto en un cuartel que había sido una fábrica de licores. Hoy esta lloviznando, es por eso que estamos un poco aburridos como resultado de la aglomeración de quintos y soldados. Esta noche he dormido en un pesebre de caballos donde he estado de primera. Ayer fuimos a ver el pueblo y es muy bonito, pero no hacen baile. A pesar de tener 25 mil habitantes sólo hay 2 cines. (2) La gente, igual que en Palafrugell, los hay ricos y pobres y chicas guapas y feas.
Hablando de la comida, el rancho es bueno, pero escasea. Ayer nos dieron un chusco con confitura para comer, y para cenar garbanzos con patatas y carne de no sé qué.
No escriban hasta que yo envíe la dirección segura. Bien, termino, que las moscas que hay por aquí es algo extraordinario y en cada palabra las tengo que espantar y me agobia. Recuerdos, etc. (3)
EL EJERCITO
En septiembre de 1937 el gobierno central había ordenado la creación del XX Cuerpo de Ejército, denominado Ejército de Maniobra, con reclutas recién incorporados a filas, entre ellos mi padre y con él unos veinte jóvenes compañeros de Palafrugell y alrededores. Su centro de instrucción estaba en Manzanares, provincia de Ciudad Real, Eran tres divisiones, la 66, 67 y 68, acantonadas en Manzanares, Daimiel y Ciudad Real respectivamente. La División 66 a la vez tenía tres brigadas la 214 en La Solana, la 213 en Membrilla y la 212 en Manzanares mismo. Esta brigada fue la de mi padre.
Por entonces Manzanares era un enorme poblado de La Mancha dedicado a la agricultura, sobre todo al vino y sus derivados. La fractura social entre derechas e izquierdas era enorme. La sublevación de julio del 36 fue extremadamente violenta y el descontrol total. Hubo casi un centenar de asesinatos, sobre todo terratenientes, religiosos y políticos de derechas. En el mismo periodo, en Palafrugell solo había habido una quincena de víctimas. Aquí se contaban por decenas. Saqueos, confiscaciones y robos eran el pan nuestro de cada día.
La autoridad pasó a manos de dos auto constituidos comités locales, el Comité Local del Frente Popular y el Comité Permanente de la Federación Local de Trabajadores. De hecho, mandaba el que llevaba la pistola más grande o el que iba más borracho. O ambas cosas a la vez.
También hay que decir que, seis meses después del inicio de la guerra, el desbarajuste de sangre había parado. El gobierno central había obligado a los comités a devolver el control del orden público a los ayuntamientos y las barbaridades de los primeros meses habían desaparecido. Incluso lograron parar la apertura de nuevas tabernas en el pueblo, que después del levantamiento habían proliferado como setas. Fue una especie de ley seca a la manchega.
De todas formas, la situación se mantenía bastante tensionada y la llegada de la 66 División para hacer el periodo de entrenamiento en el pueblo sólo añadía más leña al fuego. Eran unos dos mil reclutas en un pueblo de 18.000 habitantes que ya soportaba unos 4000 refugiados de las comarcas afectadas por el avance del ejército rebelde, cifra que iba aumentando a medida que los nacionales avanzaban y ponían en marcha la represión habitual, que no era poca.
Los nuevos reclutas eran soldados bien pagados, ganado joven con ganas de juerga y mucha sed. También eran más bocas con hambre en un pueblo donde los suministros ya eran escasos y la multiplicidad de centros de mando y decisión no ayudaba en nada. En suma, eran muchos los que querían mandar y pocos los que querían obedecer y cada uno tiraba a su lado. La mezcla era ideal para las fricciones y la mala leche. De hecho, incidentes hubo muchos y alguno grave.
Los partes de la 212 brigada indican la prohibición de la tropa de circular por el pueblo a partir de las 21 horas, excepto los que tenían pase para ir al teatro. Si esto se cumplía o no, es otra cosa.
Se intentaba mantener una apariencia de normalidad, más formal que otra cosa, a fin de ir tirando del carro en aquellas circunstancias. Había dos teatros abiertos y los soldados que tenían pase podían salir a ver las funciones. Seguramente el mando militar propiciaba este esparcimiento inocente para la tropa, al menos para asegurarse de que una parte del personal no volvería al cuartel completamente borrachos, como era habitual. Mi padre, hombre de Pastorets toda la vida (teatro sobre la vida de Jesús), calculo que asistiría a las representaciones teatrales.
El tiempo libre era escaso. Por la mañana, si hacía buen tiempo, hacían ejercicios de tiro cerca de la caseta de peones camineros en la carretera de Valdepeñas, y por la tarde recibían instrucción teórica en el cuartel. En algunas ocasiones también hicieron marchas nocturnas de un par de horas con simulacro de fuego de artillería enemigo. Estos días, al terminar la marcha, tenían preparado café con leche o sopas y aguardiente para dichos batallones, lo que era celebrado con el jolgorio pertinente. Por desgracia, las jornadas de rutina cuartelera iban a acabar muy pronto.
DOS NOVATOS INCAUTOS
La mayoría de la tropa estaba alojada en bodegas del pueblo. En cambio, su unidad, el batallón 845, le tocó en una antigua fábrica de licores acondicionada a toda prisa. Allí se conocieron mi padre y José Ametller, natural de Palau-Sator. Éste era herrero de profesión y dibujante a plumilla por vocación.
Según los partes de guerra de la brigada 212, ese mes de octubre fue bastante lluvioso. Muy a menudo los ejercicios de instrucción a cielo abierto debían cancelarse, de modo que las tropas se quedaban en el cuartel. Quizás en una de esas horas de asueto a Ametller se le ocurrió hacer unos dibujos copiados de caricaturas de los jefes fascistas que salían en los periódicos. Una simple tontería sin más malicia, fruto de la inconsciencia de la juventud. Desgraciadamente, a un soldado de Mont-ras demasiado escrupuloso le escandalizaron aquellos dibujos y denunció los hechos al comisario de la brigada.
Aquí nos topamos de nuevo con la fatídica conexión de Ferrer con el comité de Mont-ras, donde mataron a su tío sacerdote. El padre nunca quiso decirnos el nombre del recluta delator.
La denuncia continuó su cauce y los dos fueron arrestados en la casa donde estaba el cuartel general de la brigada. (4) Estaban encerrados en el desván del edificio, en las habitaciones del servicio, con baño particular, siempre refirió mi padre. Aquello empezaba a pintar mal y más cuando supieron que les harían un consejo de guerra.
Calculo que esto ocurriría a finales de octubre. Por desgracia los partes de guerra de la brigada, a los que he podido acceder, saltan del 12 al 25 del mes de octubre, precisamente los días en los que pasarían los hechos.
Casa donde se instaló el cuartel general de la 66 División
Con puerta en calle Empedrada 2
EL CONSEJO DE GUERRA Y LA PRISIÓN
El consejo de guerra se hizo en una sala del mismo edificio donde estaban detenidos, es decir en la jefatura de la 212 Brigada. En un salón noble simplemente juntaron tres o cuatro mesas y unas sillas para la ocasión. En el tribunal todos eran militares y el proceso fue muy rápido. La acusación era hacer apología del fascismo. Mi padre no recuerda que hubiera ningún defensor. Vuelvo a recalcar que, a pesar de las pesquisas efectuadas, no he podido encontrar ninguna documentación escrita de los hechos.
Acabado el consejo de guerra volvieron otra vez al desván. Ellos no sabían nada de nada, ni nadie les comentaba las circunstancias del caso. Un par de días después, dos soldados les vinieron a buscar y la triste comitiva enfiló la calle del Pósito hacia la prisión del pueblo. Calculo que debía de ser a finales de octubre cuando ingresaron en la cárcel del Partido Judicial de Manzanares, en carretera de La Solana, por aquellos tiempos ubicada en los suburbios del pueblo. Los recibió el director de la prisión, Rufino Escolar Meseguer, funcionario educado y circunspecto, de ideas más bien derechistas y, según mi padre, hombre de muy buen trato. Había sido destinado a Manzanares en abril del 36 y se había encontrado inmediatamente el estallido revolucionario. Fue trampeando como pudo hasta la madrugada del día 8 de agosto en que una multitud armada se presentó a las puertas de la cárcel pidiendo la llave de las celdas. La chusma anarquista se llevó a veintidós presos hacia las afueras y allí fueron masacrados, exactamente en el camino de San Marcos en un lugar llamado La Casilla de las Pulgas.
La prisión después de la saca de agosto del 36 estaba casi vacía. El recibimiento fue casi triunfal después de todo lo que habían pasado.
Don Rufino les dijo literalmente: como me han dicho que los catalanes son gente muy aseada les doy esta celda recién pintada y con mucho sol todo el día. Era un buen comienzo.
Al anochecer de ese mismo día llegó una treintena de presos procedentes de la prisión de Ciudad Real. Eran los cabecillas que en Julio del 36 habían liderado el levantamiento contra la República en diferentes pueblos de la comarca Los Pedroches, provincia de Córdoba. (5) Resistieron como pudieron rodeados por fuerzas leales hasta que en el mes de agosto se rindieron a las columnas del ejército republicano comandadas por el general Miaja. La promesa del respeto de la vida y un juicio legal nunca se cumplió. La mayoría fueron fusilados a las pocas horas. Sólo algunos jefes, protegidos por unidades del ejército regular, salvaron la vida. Ironías del destino.
Después de un periplo por las cárceles de Pozoblanco, Jaén y Ciudad Real, sorteando con terror las sacas de aquel verano, llegaron milagrosamente a Manzanares ese atardecer lluvioso del mes de octubre. La suerte nos trae y nos lleva, solía repetir el señor Feliciano Antonio Leal, sublevado de Hinojosa del Duque. De no ser por aquel abogado, quizás los reclutas detenidos hubieran terminado la guerra y la vida de mala manera.
Aparte de los reclusos cordobeses se encontraba en la cárcel otro preso de la misma brigada 212. Era el tal Montilla, un muchacho de Sevilla, alto y delgado, afeminado y un punto extraño, por no decir loco. Todo el mundo le llamaba “Junquillo”. Cada mañana, con una chaqueta ajustada, cantaba y bailaba tangos en el patio. Cuando acababa, miraba desafiante y provocador a los demás reclusos. Según decían, a Montilla lo habían encerrado por maricón y deslenguado.
Octubre, cada día que pasaba se hacía más lluvioso y frío. No había otra solución que hacer leña para atizar la única estufa que tenían. La comida escaseaba. El tedio y las sombras negras de la situación planeaban sobre la cárcel. Era como el festival de las miserias.
Don Rufino, serio y taciturno, miraba el panorama desde la ventana de su despacho. Nunca nadie le vio una sonrisa. Seguramente pensaba lo poco que le faltó para ir en la comitiva de los fusilados en la Casilla de las Pulgas.
NOVIEMBRE 1937. CÁRCEL DE MANZANARES
A principios de mes los dos Pitús (Josés) habían entrado en la rutina carcelaria total. Aunque la fiebre sanguinaria del 36 se había apaciguado, la cárcel seguía siendo la cárcel. Los nuevos presos no paraban de comentar con aprensión las historias de sacas y fusilamientos de sus compañeros de la comarca de Los Pedroches. Ellos habían sobrevivido de milagro a la furia de plomo del verano del 37 en las cárceles de Pozoblanco y Jaén. El abogado Leal le confesó un día que el más pequeño ruido de un cerrojo, cuando se abría una puerta, era suficiente para tenerlo desvelado toda la noche y empapado de sudor por más frío que hiciera. Le recordaban esos ruidos a cuando venían las milicias para sacar los prisioneros que iban a ejecutar. Una concatenación que le duró mucho tiempo, incluso terminada la guerra.
Los largos días de convivencia en prisión fueron el inicio de una amistad que duró toda la vida entre los dos Josés y algunos de los cordobeses allí encerrados, sobre todo con los mencionados Feliciano Leal y los hermanos Madrid, todos abogados, que intentaron ayudarles presentando ante el tribunal militar que les había juzgado unos recursos muy bien redactados.
Mientras, corrían rumores de que la tropa acantonada en Manzanares estaba a punto de ser movilizada. Unos decían que irían a Madrid, otros que al frente de Extremadura. Incluso se hablaba de Teruel, donde decían que se preparaba una ofensiva republicana. Siempre los rumores desde que habían salido de Girona. De todas formas, en su situación, los posibles destinos de la tropa tampoco eran una gran inquietud. La principal preocupación era salir de prisión, y sobre todo salir en la dirección adecuada.
Iban pasando los días. Del juicio de los catalanes no se sabía nada. La cárcel era una balsa de aceite. El trato entre los distintos estamentos no podía ser mejor. El director era un funcionario de carrera enviado a Manzanares apenas unos meses antes de la sublevación del 36 que siempre llevó la pena y la vergüenza de las sacas de agosto del 36 y el asesinato de todos sus reclusos. Era un funcionario gris de tendencias derechistas, amante de la buena mesa. De repente, la maldita insurrección había convertido su proyecto de buenas digestiones, de casino y amodorradas tertulias, en una tormenta de odios y sangre. Ahora le tocaba capear la situación como podía. Mantenía un perfil bajo y dejaba hacer, nadando entre dos aguas. De hecho, debía compartir con sus reclusos la curiosa sensación de estar vivo de milagro.
El tiempo pasaba lento. El frío era cada día más intenso. Si llovía nos ponían a hacer leña. Pero sobraban horas y había sitio para todo. Los reclusos mataban el tiempo en juegos disparatados y peligrosos. Mi padre recordaba dos: uno era el tentetieso. Simplemente debían aguantar con cara de estafermo, sin hacer ningún signo de debilidad, la bofetada de los demás. Cara roja y cara de póker. Bestialidad pura. Y así por turnos.
SI llovía fuera, se organizaba otro de carácter más olímpico. Era el salto desde la escalera interior que subía a la galería del primer piso. Simplemente se trataba de ver quién saltaba desde más alto. Allí hubo auténticos descalabros. En uno de estos trompazos mi padre se hizo una buena raja en la mano. Enseguida informó a don Rufino que se había cortado mientras hacía leña en el patio. El jefe, que lo sabía todo, no dijo ni pío. Le vendaron la mano y aquí paz y después gloria.
LAS CARTAS Y EL SILENCIO
Durante su estancia en Manzanares mi padre escribió, o al menos nos han llegado, cuatro cartas. En ninguna refiere nada del asunto de los dibujos. ¿Por qué nunca mencionaron su encarcelamiento? Posiblemente porque no hubiera servido de nada y solo aumentaría la angustia de los familiares. También por miedo a la censura y las filtraciones. Se ha comprobado el intercambio de informes de los comisarios políticos con los comités revolucionarios locales, a veces con resultados trágicos. En todo caso, abordar el asunto no ayudaba en nada. Por el contrario, podría añadir leña al fuego.
La realidad era que dependían de una sentencia que nadie sabía cuándo saldría, y que no interesaba a nadie aparte de los acusados. Todo había sido desde el principio un proceso judicial desordenado, atizado seguramente por el comisario. Ahora se había convertido en un estorbo incómodo para los mandos, bastante abrumados por las circunstancias de la guerra. El peligro radicaba en que el tribunal se descolgara con alguna sentencia arbitraria y apresurada para quitarse el muerto de encima.
LA SUBLEVACIÓN DE LOS PEDROCHES. JULIO 1936
La convivencia en prisión aquellos tres meses con los franquistas de Los Pedroches fue muy importante para los Josés ampurdaneses. Se cimentó una gran amistad entre ellos, especialmente con el señor Leal, que duró toda su vida. Terminada la guerra, en Palafrugell era normal oír hablar de Hinojosa, Pozoblanco o El Viso.
¿Pero cuál era la historia de los sublevados cordobeses?
Los prisioneros con los que convivieron casi tres meses en la cárcel de Manzanares venían todos de la misma comarca y muchos de ellos estaban emparentados. Esta treintena de detenidos eran parte de los cabecillas de la sublevación fascista que había triunfado en julio del 36 en muchos de los pueblos de la comarca de Los Pedroches, es decir, en Pozoblanco, Hinojosa del Duque, El Viso, Belalcázar, Villanueva de Córdoba y Villanueva del Duque.
Los Pedroches, una comarca situada al norte de Córdoba, ya casi cerca de Extremadura, siempre había sido una tierra de secano, pobre, muy latifundista y con una fuerte tradición de lucha de clases entre un proletariado campesino miserable y radicalizado, con unos terratenientes temerosos de las reformas agrarias prometidas por las izquierdas. En febrero del 36 el Frente Popular había ganado las elecciones generales. La sociedad estaba dividida y enfrentada. Había crispación, amenazas, rumores de armas escondidas en las iglesias y conspiraciones más o menos misteriosas. Parecía que todo el mundo quisiera sangre. Se había olvidado el dicho de que la sangre lleva a más sangre. Todo estaba listo para algo y no se sabía bien para qué. Solo faltaba una chispa. Y llegó el golpe de estado de julio. El polvorín estalló y los que querían sangre la tuvieron con creces.
En la mayoría de los pueblos de la comarca las fuerzas de derecha, la guardia civil, grandes propietarios y falangistas, se levantaron contra el gobierno. Ésto ocurría alrededor del 19 de Julio de 1936. Los núcleos fascistas que habían triunfado en los primeros días quedaron rodeados por otras poblaciones vecinas que continuaban leales a la República. Milicias campesinas, comités de defensa popular, incluso los mineros de Peñarroya y Almadén, organizaron columnas para liberar a las poblaciones sublevadas. La situación era bastante confusa. Muchos de los pueblos cambiaron de bando varias veces en un mes escaso, con la secuela de represalias y asesinatos que ello supuso.
Feliciano Antonio Leal Márquez era uno de los que estaban al mando de los sublevados de Hinojosa del Duque cuando la columna de mineros de Peñarrolla intentó someter al pueblo. Entraron hasta la plaza de la iglesia antes de retirarse por falta de municiones. Detrás dejaron una docena de fusilados. En toda la comarca las pequeñas escaramuzas duraron un par de semanas más sin grandes combates, porque no había ejército organizado y los efectivos eran escasos en los dos bandos.
Sin embargo, a principios de agosto la situación cambió. Las fuerzas de la República llegaron del norte. Eran unos destacamentos comandados por el general Miaja, con la misión de atacar a Córdoba capital. Con ello venían milicias campesinas de todo pelaje. ¿Por qué Miaja, en vez de atacar la capital, decidió perder un par de semanas en sofocar la rebelión de unos pueblos sin ningún valor estratégico? Ésta es una de las tantas cuestiones militares que han quedado sin respuesta de aquellos primeros días de guerra.
Enseguida cayó Pozoblanco, el foco de resistencia más organizado, y en pocos días el resto de los pueblos. Hinojosa se rindió el 15 de agosto con la promesa del mando militar de respetar la vida de los prisioneros, un juicio justo y ninguna represalia incontrolada. Parecía que se podría evitar un baño de sangre. Por desgracia las promesas de los militares no se cumplieron. La represión fue brutal y caótica sin ningún control de nadie. Muchos sublevados y familiares fueron fusilados allí mismo; otros enviados a la cárcel de Pozoblanco, Feliciano entre ellos. En Pozoblanco la situación no era mejor y la represión continuó cuando los destacamentos militares abandonaron la localidad. Se habla de cientos de víctimas. Una serie de incongruencias, arbitrariedades, casualidades y suerte, hizo posible que aquel pequeño grupo de sublevados salvara la vida en medio de las sacas y ejecuciones sin control derivadas de los juicios populares. Fue un auténtico milagro navegar en aquel maremágnum de odio, sangre y miseria desatado en agosto en la comarca de Los Pedroches.
El resto de los rebeldes, es decir la tropa de a pie, tuvo menos suerte. La mayoría fueron enviados a Valencia y muchos de ellos fusilados en los diversos controles del camino o ejecutados allí a su llegada.
Después de unas semanas en Pozoblanco, el grupo de Hinojosa fue trasladado a Ciudad Real. En noviembre de 1938 pasaron a la cárcel de Manzanares donde se quedaron el resto de la guerra.
DICIEMBRE 1937
Segundo mes de prisión. La vida allí era pura rutina. El tiempo había refrescado bastante. Corrían rumores de que la División 66, la suya, podía ser destinada al frente de Teruel o al de Extremadura. En realidad, nadie sabía nada a ciencia cierta. Sus problemas inmediatos tampoco mejoraban.
La situación procesal seguía estancada y la herida en la mano tenía mala pinta. Parecía que se había infectado y la mano estaba cada día más inflamada y dolorida. Vino a pasar visita un médico del batallón, y su diagnosis fue clara.... signos de putrefacción evidentes, resumió con cierta sorna. Había que abrir y limpiar.
Se decidió realizar la operación por los días de Navidad, en una mesa habilitada en el mismo pasillo de la cárcel. Como no tenían anestésicos adecuados, optaron por sujeción manual. Consistía en que un grupo de forzudos lo mantenían sujeto a la mesa mientras abrían la mano y limpiaban. No sé si le pusieron un trozo de madera en la boca como en las películas. A las diez en punto llegó el médico con dos enfermeros y al cabo de media hora ya habían terminado.
¡Chico eres un valiente!, ¡ni te has movido! comentó el doctor.
¡Cómo iba a moverme, si me tenían atado de manos y pies como un cerdito!, pensó mi padre.
LA GUERRA
Mientras tanto la tan esperada ofensiva contra Teruel había comenzado el viernes 17. La batalla era enconada. En medio de nevadas y ventiscas parecía que las tropas republicanas iban avanzando. Las congelaciones hacían más bajas que el fuego enemigo. La trompetería en los periódicos era delirante. No hablaban de otra cosa. La guarnición de Teruel era realmente escasa y el factor sorpresa había funcionado. Evidentemente, no esperaban un ataque de aquella envergadura.
Todo el mundo daba su opinión. Entre los presos cordobeses había un cabo de la guardia civil, de apellido Ordoñez, muy versado en tácticas militares, que consideraba el ataque una chapuza considerable. Según él, aquella capital de provincia, escondida entre paramos nevados, apenas tenía valor estratégico. Visto lo que aparece en el mapa, pontificaba, hubiera sido mejor un ataque en el frente de Extremadura, en Los Pedroches justamente, para romper el frente y aislar la zona de Madrid de la de Andalucía; es decir, partir la España nacional en dos. Seguramente tenía razón. Durante toda la guerra esta operación fue una obsesión del general Rojo, que por desgracia se fue aplazando y cuando se intentó era ya demasiado tarde. Don Feliciano Leal escuchaba la perorata y le comentó al padre con un cierto retintín: Ordoñez es un estratega mal aprovechado. Como decimos en Andalucía este hombre tiene ínfulas para general.
En la cárcel, aunque cueste creerlo, se preparaba la Navidad. Se ve que en el grupo de presos cordobeses había algún religioso y tenía la intención de organizar una misa clandestina para celebrar la Nochebuena. El señor Leal les informó e invitó. Los Pitús, por prudencia, dijeron que no. La ceremonia se hizo muy discretamente a última hora de la tarde en una celda apartada. El director, oficialmente, no se enteró de nada. Cristóbal Montilla, más conocido como "El Junquillo", estaba en primera fila, como siempre... Quién le iba a decir que le quedaban tres meses de vida, por su mala cabeza y su mala lengua.
Después del intenso frío que padecieron durante de fiestas, las temperaturas se habían atemperado. De hecho, el día de Navidad hubo unas ojeadas de sol y los reclusos pudieron pasar unas horas en el patio haciendo leña. Éstas fueron las fiestas. Paseos por el patio, sesiones de guantadas y un trozo de tocino extra en la sopa para la noche de fin de año. Y así terminó 1937.
CARTAS
Continúan las cartas sin mencionar la estancia en prisión ni el juicio pendiente.
Manzanares 1 diciembre 1937
Saludos etc.
Me extraña que os extrañe algo que no es nada extraño. Recuerdan lo que les dije, que si no escribía era porque estaba bien y no me faltaba de nada. Pues deben hacerse cargo de que escribo algunas cartas cada semana y si tenemos alguna hora libre aprovecho para ir a dar vueltas por las calles. Con lo que hemos comentado de si venden ropa en este pueblo, deben saber que hay grandes tiendas y en cuestión de panadería también es mejor que en el Empordá. Otra vez que escriba Carmen que diga el pan que dan por semana. Aquí hay pueblos que no lo han racionado; es decir, que hay tipos que compran 1 o 2 Kg por individuo. Bien, salud etc, etc.
Manzanares 15 diciembre 1937.
Saludos, etc, etc
Hoy he recibido carta del hermano Pedro que me dice que está bien. Además, os digo que en Manzanares no hay ni tinta ni papel, y sellos tampoco. Ahora, que no lo digo porque me mandéis, pues os pedí el paquete solo por el jabón y ahora ya nos dan cada semana, así que no me falta nada. De este pueblo no sé qué deciros, creo que en las cartas antedichas os explico algo más. Y el camarada Sitjas, ¿cómo es que no está incorporado?
De lo que dices Carmen de los enchufados te digo que todo lo bueno acaba. Me dices que en Palafrugell no pasa nada digno de mención, casi no lo creo, a lo menos debéis pasar un poco de susto y un algo de hambre, porque la guerra es la guerra.
Nada más que deciros. Muchos recuerdos, etc, etc.
ENERO 1938
Año nuevo vida nueva. Y nunca mejor dicho. De repente los acontecimientos se aceleraron. Sin esperarlo, la mañana del día 3 de enero se presentaron dos soldados en la prisión con la orden de devolver los reclutas a su brigada. Es decir, los dos Pitús y Cristóbal “El Junquillo”. Con un soldado delante y otro detrás salieron por la carretera de La Solana. Los cuatro gatos que había en la calle miraban pasar la patética comitiva.
A finales de diciembre una parte de la 66 División ya había sido incorporada al frente de Teruel. El resto, se rumoreaba que pronto saldrían. El día 7 había caído Teruel. El alboroto en la prensa era descomunal. Entre las gentes el entusiasmo era más templado. Los soldados sabían que pronto irían al frente, donde los franquistas contraatacaban con fuerza y el frío -el enemigo principal- no mermaba. Desde hacía tiempo prácticamente helaba cada madrugada. Teníamos encima una ola de frío con temperaturas extremas aquí en Manzanares y grandes nevadas en el frente de Teruel.
Volvían a la misma Brigada 212, pero a una compañía disciplinaria que estaba instalada en una inmensa bodega en las afueras del pueblo. (6) El cambio fue brutal. Acostumbrados al estatus del dejar hacer de la cárcel, en la Cía disciplinaria todo iba a base de gritos. Instrucción por la mañana y por la tarde a limpiar las letrinas de las demás compañías o a barrer las calles del pueblo. El padre estaba dispensado de los trabajos más pesados debido a la herida en la mano. El comisario se lo reprochaba. ¡Vete a saber cómo te hiciste tú ésto en la mano! Este comisario fue su pesadilla en los meses que estuvieron en la misma unidad. Mi padre nunca quiso decir su nombre. Decían que era un asturiano, escapado a Francia al caer el Principado y después reincorporado al ejército republicano. Había sido muy activo en los primeros días de la vorágine revolucionaria y con ésto ya nos entendemos. Tenía fama de ser de gatillo fácil. La llamada ya le venía de la revolución del 34. Era una especie de revolucionario profesional muy hábil, sin embargo, para eludir las represalias posteriores.
Entre este personaje y el padre se produjo un brote de animadversión casi automático desde el momento en que se conocieron. De hecho, toparon dos de carácter fuerte. El padre, en las relaciones personales, era un hombre algo áspero y poco flexible, terco como él solo, incluso en situaciones conflictivas.
La Cía disciplinaría era un verdadero cajón de sastre. Allí se recogía a la gente que según los mandos no encajaba a ninguna parte. Desafectos sospechosos de simpatizar con los fascistas, ladronzuelos, borrachos, maricones, gitanos, asociales de todo tipo, incluso un recluta que desde que se había incorporado no se había lavado nunca. Naturalmente era una unidad muy vigilada y, como toda la brigada, estaba considerada como poco fiable por su inexperiencia en combate. De hecho, después del primer mes en el frente empezó a tener muchas deserciones.
Para imponer la disciplina, los mandos, quizá por laxitud o comodidad, habían delegado en el comisario político. Este individuo, con un evidente desequilibrio conductual, era quien de facto hacía y deshacía en esa especie de manicomio ambulante. En fin, que la Cía era el lugar ideal para que pasaran cosas. Y pasaron los meses siguientes.
Siguiendo las órdenes del mando, a primera hora del 15 de enero los pusieron en marcha hacia la estación de Manzanares. Allí subieron a un tren bastante destartalado que los llevó hasta Mora de Rubielos (Teruel), donde esperaban los camiones para trasladarlos a La Puebla de Valverde. Ya había oscurecido cuando llegaron a la aldea. Allí les dieron un poco de rancho y enseguida comenzó la marcha a pie hacia el frente, que se hacía de noche por miedo a los posibles ataques la aviación franquista. La marcha de unos 40 km duró dos días, por Forniches Alta, Corbalán, Villalva Baja hasta su destino en la zona de Celadas. El tiempo había mejorado y ya no castigaba la tormenta de viento y nieve de una semana atrás. Ahora el problema era la lluvia y los caminos embarrados.
La 212 se situó en segunda línea, como brigada de reserva, a las vistas de Celadas, un pequeño pueblo de cuatro casas en un páramo aventado entre montañitas nevadas. Los días de cielo despejado no paraban de pasar los aviones nacionales. Allí reencontró mi padre a algunos paisanos de Palafrugell que no había visto desde los días del encarcelamiento. Entre otros estaban el Cisterna de la Punxa, el Grau de Vilaseca y un muchacho que quería ser fraile y cambió de idea con la revolución. Al estar en compañías diferentes sólo se veían muy de vez en cuando, porque el frente a cubrir era muy amplio y faltaban soldados. Los mandos republicanos, quizás mal informados, pensaron que la batalla de Teruel ya había terminado, a pesar de las reiteradas advertencias de algunos desertores del bando rebelde, que hablaban de grandes concentraciones de tropas en la retaguardia nacional. Nadie hizo caso, al contrario, algunas divisiones republicanas fueron enviadas a pueblecitos lejos del frente para descansar. Las trincheras, después de los grandes combates cerca de la capital, estaban ahora tranquilas, pero la calma era engañosa. Por supuesto, la tropa no sabía nada de la estrategia global, ni hablaban de ello. Hoy tocaba marcha nocturna para cambiar de posición. Mañana, ¿quién sabe?. Importaba más la comida, ya que muchos días tenían que aguantar sólo con una lata de sardinas.
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Aquí termino la transcripción. El resto del interesante relato lo publicará Baldiri cuando lo estime oportuno. Solo adelantaré que Josep Lloberas fue herido dos veces; una menos grave por esquirlas de piedra arrancadas por la explosión de un obús, otra más seria ocasionada por un disparo en la cadera. A pesar de todo consiguió sobrevivir a la guerra y retornar a su pueblo natal donde retomó su vida como panadero. Pocos años después contrajo matrimonio con María Bech Frigola y tuvo dos hijos.
NOTAS
1.- BERMÚDEZ GARCÍA-MORENO, Antonio. República y Guerra Civil. Manzanares 1931-1939. Tomo II. Versión digital: https://drive.google.com/file/d/1Z3sG_WBlN3FWBr8qs96dkBUOiYdg4qP8/view
2.- Esa cifra incluye la población habitual de 18.000 habitantes, más los refugiados y soldados acantonados en la ciudad.
3.- Las fechas coinciden con la campaña vinícola cuando el mosto azucarado atrae a enjambres de moscas.
4.- El cuartel general de la 212 BM se instaló en la casa número 2 de la calle Empedrada, propiedad de la familia Mulleras-Arias.
5.- La llegada de los presos cordobeses, procedentes de la Prisión Provincial de Ciudad Real, tuvo lugar el 11 de noviembre de 1937.
6.- Probablemente la bodega "San José", de Gerardo Gómez-Calcerrada Serrano.


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