ARTÍCULOS HISTÓRICOS

16 de abril de 2012

MANZANARES, DE LUGAR A VILLA

Publicado en el número 341, correspondiente a noviembre de 2009

Acordado en 1239 entre las Órdenes Militares de Santiago y Calatrava el reparto de los vastos territorios conquistados tras la victoria de las Navas, los calatravos decidieron levantar un castillo o casa fuerte en la misma frontera. Pretendían con ello afirmar su dominio en una zona privilegiada por tener aguas abundantes, tanto superficiales como subterráneas, y defender un enclave de cruce de cañadas por el que circulaban cada año cientos de rebaños, con miles de cabezas de ganado, en busca de los verdes pastos del valle de Alcudia y otras zonas del sur.
La protección que garantizaba el castillo, y los abrevaderos de uso libre existentes en las inmediaciones, incitaban a los pastores a detenerse para descansar y dar de beber a sus sedientos rebaños. Ello hizo que comerciantes, ganaderos y labradores fueran asentándose en la zona de forma espontánea, creando un primitivo núcleo de población, sin entidad propia ni jurisdicción territorial. Las jerarquías de la Orden Calatrava no planificaron la creación de aquel poblamiento, en consecuencia no le asignaron en principio un término municipal propio.
En 1245 se firmó la Concordia entre la Orden de Calatrava y el Arzobispado de Toledo, donde se regulaban las respectivas competencias y se fijaba la percepción por parte del arzobispado del tercio de los diezmos pagados en todos los lugares con parroquia. En ese documento todavía no consta Manzanares, señal de que no había comenzado a formarse el núcleo habitado. (1) Posiblemente para entonces se estaría terminando la construcción del castillo.
Es bien sabido que sin agua no es posible la vida y el desarrollo de Manzanares fue viable gracias a la posibilidad de obtenerla, con calidad aceptable, perforando en cada casa pozos de diez a quince metros de profundidad, de los que se extraía manualmente el líquido elemento.
Cuando el número de habitantes tuvo la entidad de un lugar habitado, la Orden creó una encomienda con base en la propia casa fuerte y los campesinos comenzaron a cultivar los campos de los alrededores a fin de garantizar una agricultura de subsistencia que posibilitara la alimentación de los vecinos. Sabemos que en 1284 la encomienda ya estaba creada y su responsable era el caballero frey Blasco Núñez. (2)
La aparición de la encomienda exigió la constitución de un concejo que regulara la vida en común y administrara los intereses colectivos. En principio las decisiones sobre asuntos importantes se tomaban en asambleas de vecinos que se reunían en la iglesia vieja, a toque de campana, por ser el espacio cubierto con mayor capacidad.
Una reforma de gran trascendencia en el régimen municipal sería la sustitución de la asamblea general de vecinos por un concejo reducido formado por alcaldes y regidores que asumían la representación de la colectividad. Alcaldes ordinarios y regidores eran elegidos libremente cada año por parte de los vecinos, quedando para el comendador el derecho de entrega de vara. (3) Los alcaldes ordinarios aplicaban la jurisdicción baja en primera instancia, es decir civil y criminal para asuntos de pequeña cuantía y que no implicaran penas corporales o de destierro. Además se ocupaban de los abastos, regulación del comercio, ornato y administración de los bienes comunales.
La vida en aquel tiempo era azarosa y estaba llena de inseguridades. La guerra y el pillaje estaban a la orden del día. Los reinos cristianos mantenían un conflicto permanente contra el Islam y la Mancha había sido tierra de nadie demasiado tiempo, sometidos sus escasos habitantes a las operaciones de castigo y a la rapiña de ambos bandos. Por otra parte las relaciones entre los reyes, y de estos con los maestres, no siempre eran cordiales. Nunca se sabía de dónde podía venir un ataque y las fuerzas existentes en el castillo eran ciertamente reducidas, incapaces por sí mismas de defender al vecindario. Consciente el maestre de la Orden, frey Juan Núñez de Prado, de los riesgos que corrían los habitantes de un lugar tan cercano a sus fronteras, ordenó en 1350 construir una muralla que rodease las doscientas casas que entonces existían y pudiera servir de defensa ante una hipotética agresión. Aquellos primeros manzanareños, que sentían la necesidad imperiosa de asegurar en lo posible sus vidas y haciendas, se mostraron completamente de acuerdo y reunidos como acostumbraban en la primitiva iglesia, a son de campana, nombraron una comisión, encabezada por los alcaldes Diego Pérez y Diego Juan, a la que dieron por escrito plenos poderes para pactar con el maestre las condiciones más convenientes. Se acordó realizar una muralla de seis metros y medio de altura y dos metros de anchura, con almenas, saeteras y tres puertas reforzadas, concediendo el maestre un plazo de cinco años para la edificación; desde el 1 de enero de 1351 al 31 de diciembre de 1355. A cambio se perdonaron a los vecinos algunos impuestos menores, ya que tuvieron que seguir pagando los diezmos a doña Urraca Fernández, viuda de otro Juan Núñez de Prado, familiar del maestre, que entonces gozaba de los beneficios de la encomienda. (4)